sábado, 6 de febrero de 2016

Rubén Darío en su centenario de muerte


Rubén Darío
(1867/01/18 - 1916/02/06)

 Rubén Darío  - Félix Rubén García Sarmiento 

Poeta, periodista y diplomático nicaragüense 

Nació el 18 de enero de 1867 en San Pedro de Metapa, hoy Ciudad Darío, Matagalpa, Nicaragua.

Primer hijo de Manuel García y Rosa Sarmiento. Fue criado por su abuela tras la separación de sus padres.

A los 14 años se trasladó a Managua donde trabajó como secretario en la Biblioteca Nacional. Por entonces ya es reconocido llamándole el “poeta-niño”. Se hospeda en casa del doctor Modesto Barrios, quien le acompañó a fiestas y tertulias literarias.

En 1882, cuando cuenta 15 años, se enamora de Rosario Emelina Murillo, con la que pretende casarse. Amigos y familiares para evitar el matrimonio le embarcan para El Salvador. Pocos meses después regresó y reanuda su noviazgo con Rosario, a quien en su obra Azul llamó “garza morena”. Sin embargo, al enterarse de algo de Rosario durante su ausencia, decide irse del país.

Con apenas 19 años de edad, en el año 1886, viaja a Santiago de Chile, donde publicó su primer gran título: Azul (1888), libro que llamó la atención de la crítica.

De regresó a Managua contrajo matrimonio con Rafaela Contreras Cañas el 21 de junio de 1890; quince meses después nació su primer hijo, y en 1893, falleció su esposa durante una operación quirúrgica. Rubén Darío es viudo y, borracho y a punta de pistola, el 8 de marzo de 1893, se casa a la fuerza con Rosario Emelina, cuyos dos hermanos militares le tendieron una trampa. Andrés Murillo le acusó de faltar al honor de su hermana, Darío lo niega pero todo estaba preparado: cura y testigos. La pareja viajó hacia Argentina, aunque ella regresó embarazada desde Panamá poco tiempo después. Mientras el poeta reside en Buenos Aires ejerciendo el consulado de Colombia, nació su hijo Darío Darío, quien murió de tétanos al mes y medio por cortar su abuela Mercedes el cordón umbilical con unas tijeras sin desinfectar.

En el año 1892 viajó a España como representante del Gobierno nicaragüense para asistir a los actos de celebración del IV Centenario del descubrimiento de América. Tras viajar por distintos países, residió en Buenos Aires, donde trabajó para el diario La Nación. En 1898 regresa a España como corresponsal y alterna su residencia entre París y Madrid, donde en 1900, conoce a Francisca Sánchez, mujer de origen campesino con la que se casó por lo civil y tuvo cuatro hijos, de los cuales sólo uno sobrevivirá, Rubén Darío Sánchez, "Guincho". Con ella convivió hasta casi el final de sus días. Rubén la llevó a París donde le presentó a sus amigos. Francisca era analfabeta cuando conoció a Darío (Amado Nervo, Manuel Machado y su cónyuge la enseñaron a leer). Viajó de un lugar a otro sin poder presentarla en actos oficiales como su esposa, pues está por resolverse el divorcio con Rosario. En 1907 ésta se presentó en París reclamándole sus derechos de esposa; Darío trató de eludirla sin éxito. El poeta viajó a su país para obtener el divorcio, cosa que no logró.

Convertido en poeta de éxito en Europa y América, es nombrado representante diplomático de Nicaragua en Madrid en 1907.

Sus primeros poemas son una mezcla de tradicionalismo y romanticismo; Abrojos (1887) y Canto épico a las glorias de Chile (1888). Este mismo año publica Azul (1888, revisado en 1890), dividido en cuatro partes: 'Primaveral', 'Estival', 'Autumnal' e 'Invernal'. A este libro debe que sea considerado como el creador del modernismo; escritores como Ramón María del Valle-Inclán, Antonio Machado, Leopoldo Lugones o Julio Herrera y Reissig le reconocieron como el creador e instaurador de una nueva época en la poesía en lengua española.

En París entra en contacto con los poetas parnasianos y simbolistas abandonando el provincialismo por una poesía de la universalidad y cuenta su vida cotidiana pero a través de símbolos herméticos. En Prosas profanas (1896 y 1901), obra simbolista, desarrolla de nuevo el tema del amor. Formalmente creó una poesía elevada y refinada con muchos elementos decorativos y resonancias musicales; Cantos de vida y esperanza (1905) es el mejor ejemplo de ello. El canto errante (1907), es su libro, conceptualmente, más universal.

En 1913 cae en un profundo misticismo y se retira a la isla de Mallorca. Allí empieza a escribir una novela La isla de oro -que nunca llegó a concluir- en la que analiza el desastre hacia el que está caminando Europa. También compone Canto a Argentina y otros poemas (1914), un libro dedicado a este país en el año de la celebración de su centenario en que quiso seguir el modelo del Canto a mí mismo de Walt Whitman.

En 1915 publica La vida de Rubén Darío, año en que regresó a a América. Enfermo en la capital de Guatemala, llegó Rosario Emelina para acompañarlo de regreso a su país, donde se dice que le atendió desde el 4 de julio de 1915, al 6 de febrero de 1916, fecha en la que Rubén Dario falleció en León



Obras


Poesía

Abrojos 1887
Rimas 1887
Azul.... 1888
Canto épico a las glorias de Chile 1887
Primeras notas 1888
Prosas profanas y otros poemas 1896
Cantos de vida y esperanza. Los cisnes y otros poemas 1905
Oda a Mitre 1906
El canto errante 1907
Poema del otoño y otros poemas 1910
Canto a la Argentina y otros poemas 1914
Lira póstuma 1919


Prosa 

Los raros 1906
España contemporánea 1901
Peregrinaciones 1901
La caravana pasa 1902
Tierras solares 1904
Opiniones 1906
El viaje a Nicaragua e Intermezzo tropical 1909
Letras 1911
Todo al vuelo 1912
La vida de Rubén Darío escrita por él mismo 1913
La isla de oro 1915 (novela inconclusa)
Historia de mis libros 1916
Prosa dispersa 1919




LO FATAL
A René Pérez

Dichoso el árbol que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura, porque ésa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.
Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror
Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por
lo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos,
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,
¡y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos! 


lunes, 1 de febrero de 2016

Rafael Cabrera (1860-1885) y Ana Dolores Arias (1859-1888), Autores del mes de febrero 2016

. Autores del mes de febrero
Rafael Cabrera (1860-1885) y Ana Dolores Arias (1859-1888)

Ana Dolores Arias (1859-1888) nació en Cojutepeque y murió en la misma ciudad. Poeta de tono romanticista. Generalmente utilizó el pseudónimo de Esmeralda. Existen muchas historias alrededor de su persona, y se le vincula constantemente al poeta Rafael Cabrera, por lo que generalmente se les conoce como los poetas novios de Cuzcatlán. Fue antologada en la Guirnalda salvadoreña de Román Mayorga Rivas, en la Galería poética centroamericana de Juan Ramón Uriarte, en el Parnaso Salvadoreño de Salvador L. Erazo, en Poesía femenina de El Salvador de David Escobar Galindo y Luis Gallegos Valdés, en el Índice antológico de la poesía salvadoreña de David Escobar Galindo, entre otras.

        
RAFAEL CABRERA
Nació en Cojutepeque, en 1860, y murió en Guatemala, en 1885. Una vida bajo el signo de la vehemencia romántica, en los amores y en la poesía. Novio de Ana Dolores Arias (“Esmeralda”),  de la que se separa al irse a Guatemala, a estudiar. Allá el poeta escribe, sueña y se enferma. Y muere. Sus poesías rezuman nostalgia  y pronunciación. Versifica con esmero, y el color emotivo impregna sus leves estrofas. Dentro de la lirica salvadoreña, encarna con “Esmeralda”, el signo legendario de la pasión ir realizada. Recogió sus versos, y los dio a Joaquim Méndez  para que los editara en un libro; pero luego se arrepintió, y ahí quedaron dispersos, en antología y periódicos. Murió en un rapto de angustia  fugitiva, a la puerta del lazareto don paso sus últimos días.
En “Los poetas novios de Cuscatlán”, recogido en “paginas escogidas”  (San Salvador, 1939) señala Juan Ramón Uriarte: “en su canto a LA CEIBA DE MI PUEBLO-que basta para exaltar su nombre en nuestra historia literaria y que en su romance en el Lago de Llapango, su imaginación bulle libre y soberana y ya no se perciben los valimientos de Espronceda, Bécquer y José  Joaquín  Palma./ En ambas poesías prosperan las imágenes auditivas, visuales y motrices para hacerlos ver mejor lo que el poeta descubre en la realidad del mundo exterior e interno”. Y el mismo Uriarte, sobre el poema de la ceiba: “nosotros llamamos a esa poesía como el poema de la nostalgia, sin rival en la letras nacionales.” Cabrera, por su parte, en articulo citanos en la nota referente a Ana Dolores Arias, concreta: “cuando Esmeralda interesa como mujer, Gabriela por llevar en su ser algo dramático, real, palpitante. ¡Ah!, este estaba llamado a lanzar gritos tremendos en sus combates con la suerte. Este hubiera dado toque formidables a las puertas misteriosas del destino humano, si la muerte no le corta el paso y calla la voz de su interesante escepticismo.” El poema más famoso de Rafael Cabrera es “LA CEIBA DE MI PUEBLO”.
“En el pueblo indígena de San Juan Cojutepeque los monjes de la Orden de los Predicadores de los Santos Evangelios o de Santo Domingo de Guzmán, edificaron dos Iglesias: la de San Juan Bautista en 1612 y la de San Sebastián en 1692” Frente a la Iglesia de San Juan, Barrio San Juan actualmente se extendía una amplia plazoleta, de forma irregular y de suelo sinuoso, en cuyo centro erguiase soberbia e imponente, en sus enormes ramas extendidas como brazos gigantescos, una añosa ceiba. En sus mejores tiempos ella proyecto su “inmensa sombra amiga” y albergo pájaros y nidos, epifitas y enjambres de insectos en un mundo maravillo de voces y colores, de luces y silencios. La Ceiba de San Juan era “el alma del pueblo”, el símbolo de la comunidad Cojutepecana.

“A principios de los años 1900, la ceiba de Cojutepeque cayo abatida por el hacha inmisericorde de un Labrador y por la orden de un ignorante funcionario público; pero en el bello poema de Rafael Cabrera, el poema de la nostalgia, vivirá mientras viva la República, como una de las más bellas expresiones estéticas” (Pagina 100. El Salvador, Historia de sus Pueblos, Villas y Ciudades. Jorge Larde y Larin, Edición 1957). Según registros una ceiba sustituta se plantó, en la esquina de la Avenida Cabrera, el 3 de mayo de 1924.

De la Ceiba no quedo fotografía ni pintura alguna. Solo las ágiles expresiones de Rafael Cabrera, quien “En la Navidad de 1882 – escribió en preciosos endecasílabos “La Ceiba de mi Pueblo”, llamado “el poema de nostalgia”. En dicho poema describe la ceiba, nos da presencia de aquel árbol en la historia del pueblo: en tanto que la actual, circundada por el muro de la alcaldía actual, espera el bardo que la cante, y se apresta a desafiar a los siglos”.



La Ceiba de mi Pueblo
Rafael Cabrera

I
¡Anciana ceiba de mi pueblo amado
!Si volverá a sonar bajo tus rama,
Sentado en tus raíces muellemente,
A la luz que nos dice “Hasta mañana”

A veces triste, conmovido y loco
Me finjo estar bajo tu sombra escasa
En una de esas tarde voluptuosas
En que se siente, se delira y se ama…

Allá, a mi izquierda, el encendido ocaso
Pintando flores en cendal de gualda.
Y la ondulada cumbre de los cerros
Perfilándose en fondos de escarlata.

En rumbo opuesto el San Miguel truncado
En tul se vela de azulino nácar.
Cual el genio infeliz de los ausentes
Perdido en el turbio de las distancias.

Allá también el San Vicente adusto
Su majestuosa cumbre dentellada
Engolfa altivo en la región sidérea
Como un sarcasmo a la soberbia humana.

Las nubes ciñen la severa frente
Cual leves copos de errabundas gasas.
Y acaso el yermo de su bronca cima
El campo sea de feroz batalla.

En donde el cóndor contra el cóndor luche
Con curvo pico y prepotentes garras,
Sobre el girón de palpitante presa
De un cóncavo a los bordes disputada!

!Quien sabe si mañana el gran coloso
Conmueva de mi valle las entrañas,
Y al tronar estridente de sus fauces
Se inunde Cuscatlán de ardientes lavas!

!Quien sabe, muda efigie de los siglos,
Si el dulce techo de mi abuela anciana
Vayas a sepultar tonante y fiero
En mar inmenso de encendidas llamas!

Mejor mil veces que arrogante y mudo
Seas del valle esplendida atalaya.
Refrescando tu frente con neblinas
Y haciendo hervir las fuentes a tus plantas.

Que sientas adormirse dulcemente
Al rumor melancólico del aura
La ciudad legendaria en un tiempo
Libertad! Libertad! – clamo a tus faldas.

Y el brazo armado de sus nobles hijos
La fe por guía y por pendón la audacia,
Humillaron la testa del tirano
De los valientes hijos de Tlaxcala …

Y frente a mi … del carcomido templo
La pintoresca mole se levanta,
Donde oraron los padres de mis padres
Ante el altar del tiempo de la España.

El verde llano y el amate umbroso
Donde de niño cándido jugaba,
Y la calle mil veces recorría
En las austeras procesiones santas!

II

¿Si volveré con húmedas pupilas
A contemplar las miserias parasitas
Que nacen, crecen, aman y se mueren
Al calor fecundante de tu savia?

O si juguete de los largos siglos
Que han dejado tus cepas deshojadas,
Te iras a ver muy pronto a sus embates
Sobre el suelo por siempre derrocada?

Las golondrinas que tus ramas pueblan
Son más felices que quien hoy te canta:
Ellas contemplan aquel pueblo mío
Que las ruines pasiones despedazan.

El riente pueblo que me vio en la cuna
y entre alegrías escondió mi infancia;
Que guarda todos mis recuerdos dulces
Y en otro tiempo me brindo esperanzas!

Ellas contemplan revolando alegres
El pueblo aquel cuya ilusión me halaga;
Que no prospera pero siempre bello,
Nido de amores y perfumes guarda.

Ellas le miran cuchicheando alegres;
Yo con húmedos ojos le mirara;
Y tal vez le veré cuando de muerte
Enferma sienta desmayarse el alma!

Si decretado esta, cuando la vea,
Ansiosa acaso la filial mirada,
En vano, en vano de mi abuela busque
Las venerables y apacibles canas.

Bajo las sombras caras y tranquilas
Del techo aquel, donde cuando ella oraba.
Yo, mis alegres tiempos recordando,
Reía con los niños de la casa.

Mi pobre abuela! Si de tu hijo inquieto
Las alegrías muertas retornaran.
Volvería al hogar y de tus labios
Con fe recogería las palabras!

Pero aquellas horribles tempestades
Que oías rebramar en sus entrañas,
Aun rugen con los ecos de la muerte
En las noches funestas de su alma!

Tal vez no existirás cuando yo vuelva!
Y vuelta escombros tu modesta estancia,
Mi padre, mis hermanos, mis amigos…
También en polvo para siempre yazgan!

III

Añosa ceiba! Dime sin en las tardes,
Cuando la luz crepuscular te baña,
Precioso enjambre de morenas lindas
Acude a sonreír bajo tus ramas.

Esas beldades mis amigos fueron,
También entre ellas escogí una hermana
Que me supo alentar cuando moría
El ultimo fulgor de mi esperanza.

Sus labios para mi vertieron mieles,
Y hermanos en el arte y en la patria,
Juntos cantamos, y sintiendo juntos,
La misma nota estremeció las arpas.

Lloroso un día me llegue a sus puertas
Y por última vez deje a sus plantas
Elegiaco cantar de despedida
Porque un hado fatal nos separaba.

Ella me dijo que en la casta lumbre
Que el astro de la noche nos enviara,
Los llantos de la ausencia se unirían
Cual sollozos de tórtolas que se aman.

Yo he cantado las hondas conmociones
Con que la ausencia el pecho nos desangra,
Y han ido hasta el alcázar de la Luna
Mis notas tremulentas y cansadas…

A su recuerdo inmarcesible y santo
Hay cuerdas que mi citara consagra,
Que suspiran el eco de sus himnos,
Y chispean la fe de sus palabras.

Y en su música vaga e infinita
El moribundo corazón empapan,
Y más allá de la vital miseria
!El pensamiento en abstracción espacian!

Di si la has visto ¡ceiba de mi pueblo!
Sentarse y suspirar bajo tus ramas,
Y volviendo los ojos al Poniente,
Verter de penas silenciosas lágrimas.

Y si bañada en rayos de la Luna
La oíste sollozar cual la torcaza
En las frondas calladas de los sauces,
Cuando los sueños su sopor derraman.

¡Ah! Yo la he visto lánguida y tranquila
Descender hasta mí, tímida y blanca
Como el santo candor de la pureza
Y la primera luz de la mañana.

IV

Siempre la veo! De mi mente nunca
Sus encantos purísimos se apartan,
Y me habla en el lenguaje de los dioses
Y me infunde la fe de sus plegarias.

¡Quien pudiera volver a los parajes
En donde tu penosa te levantas,
Y exhalar en el grito de los cisnes
La triste inmensidad de la nostalgia!

Sentir, amar, correr como en los días
De fiesta y placer, luz y fragancias
Que el cáliz de la vida, exuberante
Y lleno hasta los bordes, derramaba!

¡Quien pudiera escalarte y recoger nidos
En infantil dulcísima algazara,
O cortar los capullos y las flores
Con que te adornan miles de parasitas!

¡Quien recorrer pudiera uno por uno
Tanto nido de amor donde dejaran,
El corazón sus poemas de alegría,
Y sus tristezas pálidas en el alma!

Y aparecerse y ver en el paisaje
La de mi madre sombra veneranda,
Y hablarle en el idioma de los niños,
Y esperar y morir al escucharla!

Y quien … al fin ¡oh ceiba de mi pueblo!
Escuchar el sollozo de sus ramas,
Formar con ellas una cruz mortuoria
Y en la fosa dormir bajo plantas!

Guatemala, Navidad de 1882.

(Tomado del libro; Cojutepeque, biografía de un pueblo)



Sensibilidad poética femenina
                   Ejemplo salvadoreño del siglo XIX

Rafael Lara-Martínez

Al revisar los tres tomos de Guirnalda salvadoreña (Román Mayorga Rivas (Editor), 1884—1886, reedición: 1977), resalta la disparidad entre número de hombres y mujeres. De los cuarenta poetas reseñados sólo tres son mujeres, un siete y medio por ciento. Tan baja cifra representativa la explica “el criminal descuido […] para elevar a la altura [a la] compañera del hombre” quien “se ha visto obligada a permanecer en la inacción, sin brillar en las regiones de la inteligencia” (Mayorga Rivas).
Por ese retraso educativo, las poetas reseñadas —Luz Arrué de Miranda (1852-1932),
Antonia Galindo (1858-1893) y Ana Dolores Arias (1859-1888) — ejercen respectivamente la profesión de “ángel de un dichoso y tranquilo hogar”, “cuidados del hogar paterno” y “joven virtuosa que con su trabajo ha sostenido a su buena madre [por] las labores propias de la educación”. Si el primer par ejemplifica el confinamiento femenino tradicional, la tercera ilustra la salida tímida hacia la docencia elemental. El editor juzga que “la sensibilidad más exquisita — [como] valiosa prenda del corazón de la mujer— [la] convierte en el ángel del hogar y la providencia de los que sufren”. La defensa de la educación femenina se corresponde a su vocación “natural” de ama de casa y apología de su amargura.
En este marco estrecho a dos aristas —hogar y desdicha— nos preocupa indagar en que medida existe una sensibilidad poética femenina. No interrogamos su “virtuosismo”, la neta adhesión a un “pleno fervor romántico”, “el sentimiento [que] se orienta hacia valores universales y hasta cósmicos”, etc. Todos estos “diapasones armoniosos” no rebasan la caracterización formal, o al aproximarse al contenido poético en sí lo diluyen en una temática “reflexiva” tan general que evade comentar lo propiamente femenino. Sucede como si el varón en su apertura hacia lo político, militar y social —la mujer en su encierro hogareño e incipiente educación— refiriesen temas semejantes.
La diversidad de ámbitos existenciales no parecería afectar el discurso poético de géneros contrapuestos en su quehacer laboral cotidiano. Más que vivencia, la poesía sellaría simples referencias letradas vacuas —retórica libresca— en las que “las incorrecciones” métricas suplantan toda usanza diaria. Sin embargo, la más sencilla lectura de títulos asienta que la evocación de próceres difuntos y de poemas “en un álbum” a señoritas ilustres —presentes en todo poeta de renombre— se corresponden a su ausencia en la poesía femenina. Si gloria política, militar y profesional —junto al hecho de “ver mujeres” y cantar su hermosura— define una sensibilidad poética masculina, nos preguntamos cuál sería la tópica que delimita otra distinta de carácter femenino.
Si alguna temática unifica la sensibilidad poética de la mujer, se trata de su consonancia primigenia con la naturaleza —relato de vivencias infantiles paradisíacas— las cuales se degradan en una vida adulta colmada por la muerte de allegadas y la miseria de contemplar todas las esperanzas pretéritas truncadas. El mundo femenino evoca la manera en que una niñez llena de ilusiones se evapora para acabar en la desgracia y, más trágicamente, en el suicidio. Este sincero sentimiento de género testimonia la falta de apertura y alternativas sociales que se le deparan a la mujer que anhela desarrollar una vocación intelectual fuera del claustro hogareño. Lo viril, por su parte, adula a señoritas ilustres en sus álbumes —se complace en “ver mujeres”— y recuerda la gesta heroica de próceres inmortales fallecidos.
Salvo el poema “A él (Imitación de Hoyos)” de Arrué de Miranda —“tu amor es la ilusión grata”— ningún otro verso concibe la relación de pareja como satisfactoria y gozosa. En cambio de afirmar su osadía radical —la misma poeta lo describe— socialmente a la fémina se le depara el suicidio.
“No, que es el eco de alma enamorada
De casta virgen que sus penas llora,
Y por pasión funesta combatida
Busca la muerte”. (Arrué de Miranda)
En estos versos no subrayamos la formalidad métrica —acertada o fallida— insistimos en el límite mortuorio como desenlace al encierro doméstico femenino. Ni siquiera el ideal amor poético de Arias —el malogrado Rafael Cabrera (1860-1885)— se atreve a inquirir el suicidio al borde de su quebranto físico y emocional. “No tengo esperanza de llegar a viejo; cada día siento que mis pulmones se marchitan más y que las fuerzas hasta en lo moral, me van dejando […] mi suerte se ha propuesto ser infame hasta el fin y yo la dejo hacer”. El mismo ejemplifica hombres que no alcanzan honores militares ni políticos pero imaginan su fracaso de manera asaz masculina. Le declara el amor a la luna —quien le reitera «murmurando: “poeta, yo te quiero”»— y sus “lágrimas” las “deja [esparcidas en] el mago harem [en que] se quejan”.
El itinerario del “eterno femenino” se inicia en la armonía sinfónica que existe entre ella y el ambiente natural. Le corresponde a Galindo manifestar esta concordancia con mayor profundidad. La poeta apela a una teoría filosófica de reflejos especulares o mundos paralelos, que irradian “ondas [concéntricas] del claro río” desde un núcleo divino original —atraviesan naturaleza y alma humana— hasta “que dulcemente van a morir en” el poema.
Su poética desglosa una cadena imitativa según el cuadrivio Dios-naturaleza-alma-poesía. Este ciclo mimético intuye un designio divino que al volcarse hacia lo natural culmina en el obrar humano fatídico —reclusión de la fémina— como reflejo social de una ley universal irrevocable. La poeta sucumbe ante la fatalidad adulta ya que su destello anímico calca un sino natural, a su vez, copia de un desastre cósmico y divino. La desgracia celestial marcaría el sitio social del poema femenino, sin posibilidad de redención terrestre más allá de su encierro. Acaso la disparidad entre géneros refleje propósitos omnipotentes y universales.
“Y allá de noche, en solitario asilo,                   Y ver como fantásticas visiones
A la luz apacible de la luna,                              Deslizarse las horas del pasado,
Sentir que late el corazón tranquilo                   Acariciar las muertas ilusiones
Y el humo que designa la cabaña                     Y enjugar nuestro llanto derramado.
Naturaleza hermosa yo te admiro,
Tú eres de Dios reverberante espejo,
A Dios adoro cuando yo te miro,
Que es tu belleza del creador reflejo”.
(Galindo)
De concebir el acuerdo primigenio —naturaleza-mujer— como infancia de la fémina, se equipararía la experiencia de las otras poetas reseñadas a la de Galindo. Parece convenio tácito decimonónico vivir la niñez como único período en el cual la mujer logra colmar sus ilusiones. Luego, con la adolescencia y madurez, la mujer se absorbe en un estado de postración irremediable. Sus ánimos flaquean y toda esperanza juvenil se disipa en desamparo. La escritora madura que refiere la vida pasada se halla al borde de la inanición.
“Siempre en mi mente vivirá grabada               “¡Pobre Isabel! En su nublada frente
La memoria terrible de aquel día,                     Vagan las nieblas del dolor sombrías;
Cuando inocente y cándida vivía                      Huyó del alma la ilusión ferviente
Fui del hogar paterno arrebataba.                    Y es hoy sepulcro de cenizas frías”.    
Hoy triste canto al son de mi arpa de oro”.                                                     (Galindo)
(Arrué de Miranda)
Lo efímero de la existencia, el tiempo que pasa y no se recobra, la inevitable mortalidad, la fugacidad de la vida y lo pasajero del amor —“¿en dónde podré encontrar el amor puro y ardiente de aquella edad inocente?”— el sino doméstico de la dama, ofrecen una misma tópica femenina que se narra bajo la óptica de la brevedad de la infancia. Con lo pueril, caduca la energía misma de la mujer. “¡Todo, amigas, todo huyó!”.
“Mis primeras ilusiones                                    “¡Oh cuán dulce es recordar
Fueron purísimas flores                                    Nuestra infancia candorosa,
De unas mágicas praderas,                              Que se ausentó presurosa
Que las tempestades fieras                              Y que jamás volverá!
No turban con sus rigores”.                             Edad en que sonreímos
                                                                       Sin saber que lloraremos
                                                                       Que sonrisas devolvemos
                                                                       A quien placeres nos da!”. (Arias)
Ante desesperanza y decaimiento adultos, la hora privilegiada de la reflexión femenina la cifra el ocaso. En ese instante lúgubre, la poeta contrasta oscura actualidad de la razón con luminiscencia de la infancia revocada. El ayer y el hoy se oponen como “el paraíso de la vida” primigenia a lo que “languidece, ni glorias ni aventuras apetece” (Arias). O bien, pretérito infantil y presente adulto son “celestes sueños que acariciaron tu florida edad [pero] pasaron bellos, plácidos, risueños dejando al alma negra realidad […] que furibundo el huracán tronchó” (Galindo).
“Adiós, ¡oh tarde! Tú, la que mueres               “Es de la tarde el postrimer momento
Cual la esperanza del corazón,             Gimen las aves y suspira el viento,
Como un recuerdo que se disipa,                                La noche empieza ya;
Cual se marchita casta ilusión”.            Es la hora en que mi espíritu agobiado
(Galindo)                                                                    Por los gratos recuerdos del pasado
                                                                                  Languideciendo va”. (Arias)
Que el mismo crepúsculo —“yo busco los rumores de la tarde”— se tiñe de erotismo viril al observarlo un hombre, lo confirma el desafortunado amor poético de Arias. La presunta neutralidad universal del ocaso la tiñen referencias directas al placer varonil tales como “amante afortunado” y el anhelo que la luna lo seduzca «diciéndome “te quiero”». El dolor masculino —“color del vacío”— se resuelve en “nostalgia de la ausencia” por una amada “sumisa” que es “crepúsculo y aurora”.
“Dejé en el alma incógnita ambrosía                 “Y frente a mí… del carcomido templo
De aquel amante afortunado, y luego               La pintoresca mole se levanta,
Las vaporosas formas de la bella                     Donde oraron los padres de mis padres
Se entremezcla al son de los arpegios”.            Ante el altar del tiempo de la España”.
“¿Quién es mi blanca virgen? ¿En dónde está mi amada?
Sé que fuiste capaz de amarme mucho
Con la pasión sumisa de la esclava”. (Cabrera)
En síntesis, unificamos la sensibilidad poética femenina por un descenso ad inferos que de la gloriosa infancia conduce a la vida adulta. Lo que fuese gozo por la recolección sensitiva del mundo —“se exhalan vagos aromas i verdes lomas hacen la dicha sentir” (Galindo)— “ilusiones de niña, encanto y belleza [de] edad venturosa” (Arias), se desvanece en “atardecer” maduro. A esa hora clave no sólo el día “declina”. En reflejo condicionado a lo natural —imagen de lo divino— el alma de la poeta decreta el fin de toda ilusión. El desaliento refiere “existencia sombría” (Galindo), “desaparecer del dulce encanto” (Arias) y “vida imposible [que obliga a] doblegarse al cruel destino” (Arrué de Miranda). Si este triple desengaño expone experiencias universales —ontología existencial de todo humano adulto— o condicionamientos sociales del claustro hogareño es un debate a iniciar por crítica e historiografía salvadoreñas.