viernes, 13 de enero de 2012

IGNACIO ELLACURÍA España 1930- El Salvador 1989

Doctor en filosofía, teólogo, sacerdote, maestro, escritor, luchador por la paz y la justicia

Datos biográficos


Ignacio Ellacuría Beascoechea nació en 1930. Muy joven entró a la congregación de los jesuitas, iniciando los estudios de secundaria en el colegio internado que la compañía posee en Tudela (Navarra), pasando por allí al noviciado de Loyola, el 14 de septiembre de 1947, cuando Ignacio contaba diecisiete años. Al año siguiente, con tan sólo dieciocho años, es enviado por sus superiores junto con otros cinco compañeros jesuitas vascos a fundar el Noviciado en la localidad de Santa Tecla.

Tras su primera profesión religiosa, una vez terminado el noviciado se traslada a Quito (Ecuador) donde realizará sus estudios de humanidades y filosofía en la Universidad Católica de la capital ecuatoriana. En Quito conoció a dos de sus educadores de su juventud que más le habrían de influir intelectual y humanamente, el jesuita navarro Ángel Martínez Baigorri, de fuerte personalidad y de excelentes dotes poéticas, y el rector de la Universidad, P. Aurelio Espinosa, S. J., buen conocedor de los clásicos griegos y latinos, en especial Virgilio, Sófocles y Horacio. En 1955 obtiene en Quito la licenciatura civil y eclesiástica de Filosofía, y regresa a El Salvador, donde durante tres años ejerció de educador y de profesor de latín en el Seminario Diocesano de San Salvador, San José de la Montaña.
En 1956 escribió su primer artículo, en la revista Estudios Centroamericanos (ECA) de la Universidad Centroamericana (UCA) “José Simeón Cañas”, sobre Ortega y Gasset, y en la revista Cultura, sobre el despertar de la filosofía. En estos primeros años de profesor en El Salvador, Ellacuría se halla en búsqueda de un estilo de filosofar personal, de la mano de sus lecturas personales, entre las que se encontraban sobre todo las obras de Ortega y Gasset, y de la mirada atenta a la realidad salvadoreña que le rodea, sometida a regímenes dictatoriales y represivos.

Con objeto de completar sus estudios, lo envían sus superiores en 1958 a la Universidad de Innsbruck (Austria) donde estudiará la licenciatura en Teología de la mano de ilustres profesores, entre los cuales se encontrará Karl Rahner, quien le puso en contacto con la filosofía de Martín Heidegger. Son los años del Concilio Vaticano II y corren vientos primaverales dentro de la Iglesia. Siguiendo las indicaciones que en carta personal le sugería el P. Aurelio Espinosa, Ellacuría se aprovechó de todo lo valioso que la filosofía y teología alemana le podían aportar, pero no se quedó prendido de ella sino que fue conformando su propio pensamiento, en años posteriores, de la mano del filósofo donostiarra Xavier Zubiri. Al acabar los estudios de Teología, y tras ser ordenado sacerdote el 26 de julio de 1961, en Innsbruck, regresó a España con objeto de pasar una temporada de descanso con su familia y entablar contacto co Xavier Zubiri e iniciar los primeros pasos para realizar bajo su dirección la tesis doctoral en Filosofía. Tras estos primeros contactos con el filósofo vasco, empezó a colaborar directamente con él en Madrid a partir de ese momento.
Ellacuría comenzó sus cursos de doctorado en la Universidad Complutense de Madrid, a partir de 1962, centrando su interés sobre el libro de Zubiri, Sobre la esencia, recién publicado, y sobre el que realizará su tesis doctoral, que terminó y defendió en la propia Universidad Complutense en 1965 (La principialidad de la esencia en Xavier Zubiri, 3 vols.). Desde ese momento, aunque Ellacuría regresa a El Salvador para iniciar su tarea de profesor de filosofía y teología en la UCA de San Salvador; trabajará de forma continuada con Zubiri, con estancias alternadas entre Madrid y San Salvador.
Tras varios años como director del Departamento de Filosofía, en 1969 es nombrado rector de la UCA, cargo en el que se mantuvo de forma ininterrumpida hasta su muerte violenta en la propia universidad, el 16 de noviembre de 1989.

  Padre: Ignacio Ellacuría. Ana de Pacas

   Reconocemos que estamos ante un referente singular. Podemos ver con claridad que su preocupación mayor, es partir de la realidad, por dura que sea, y volver a la realidad. Su racionalidad estaba íntimamente ligada a la sensibilidad de las mayorías populares empobrecidas. Le importaba sobre todo, la realidad del ser en el mundo y la respuesta de la conciencia ante esa realidad. Él estaba consciente de las implicaciones socio-políticas, pero aún así, quiso vivir o morir con el pensamiento liberador de la comunidad a la que pertenecía.
  Su vida incita a indagar la verdad de su compromiso y de cuanto él defendía.

Ignacio Ellacuría Beascoechea

Como educador social que era, el padre Ellacuría abrió la brecha para la conformación de un estilo nuevo de debate y discusión política, amparado en la solidaridad de ideas y criterios que son producto de su excelencia académica, de su conocimiento pleno y honesto de la realidad y de su inquebrantable lucha por la construcción de un mundo auténticamente cristiano. Su pensamiento fue claro y contundente, libre de tropiezos ideológicos que debilitaran el carácter científico y evangélico de sus argumentos. La fuerza de su palabra, la exactitud de sus interpretaciones y su brillante capacidad de penetrar a fondo en el escollo teórico que sirve de sostén ideológico a intereses hipócritas y egoístas, lo volvían en nuestro tiempo la voz más hostil y delatante, la luz más alucinante, el discernimiento más insoportable. Por eso lo mataron, por su corazón grande y generoso, por su sabiduría incompatible.
El sabía sorprender la mentira disfrazada, esa falacia adjunta que hoy luce natural y cuidadosamente desapercibida a los ingenuos y duros de corazón.
Su afán primordial fue siempre insistir en la verdad, iluminando los proyectos políticos que se debaten en nuestro tiempo, clarificándoles el mejor camino y denunciando el pecado estructural como razón última de nuestros problemas.

Hoy estamos a las puertas de una nueva corriente filosófica más completa, de utilidad directa e inmediata al trabajo por la justicia social, basada en el análisis histórico de la realidad y profundamente cimentada en el compromiso cristiano. Una nueva luz que nos enseña el carácter pleno e íntegro del perfecto involucramiento, aquél cuyos frutos están medidos por nuestra capacidad de dar, de forjar vida y esperanza, de convocar a la conversión y al anhelo de verdad. Porque como cristianos estamos llamados a encargarnos de esta realidad, entonando un mismo empeño, alzando con coraje la fuerza de la idea y la razón para desarmar la prepotencia, para desenmascarar la falsedad, para revertir el odio en solidaridad, para quebrar el pecado y empujar juntos la nueva sociedad.

Ellacuría nos enseñó un modo peculiar de hacer transformación, de luchar por la justicia, de avanzar en la liberación. Su ejemplo, hoy más que nunca resuena con mayor fuerza y claridad, iluminando nuestro interés social, perfilando el modo cabal de ser juventud de cambio presente en nuestra historia, de ser voluntad comprometida que arrastra y demanda la patria concertada, la alegría compartida.


Jon Sobrino habla de Ignacio Ellacuría

Si algo me llamó poderosamente la atención en Ellacuría desde el principio fue su pasión por el servicio. Su pregunta fundamental, trascendental diríamos, fue siempre la de “qué tengo que hacer”, mediación histórica del “buscar siempre la voluntad de Dios y cumplirla”, tan típicamente ignaciana. Su pregunta en el hacer cotidiano, categorial diríamos, para no desviarse ni desvirtuar lo que tenía que hacer, era también la de san Ignacio: “a dónde voy y a qué”. Y la esencia de ese hacer fue, por último, servir, esencial también al ideal ignaciano de “en todo amar y servir”.

En mi opinión, ahí está lo fundamental de su vida y de su vocación como jesuita, pero más hondamente todavía como humano: saberse llamado a un servicio, poner todas sus cualidades –y yo añadiría, incluso sus defectos- para llevarlo a cabo de la mejor manera posible y mantenerse fiel a ello hasta el final. Sin ninguna retórica y dicho con rigor, su vida fue una vida des-centrada, un servicio a favor de otros, y, cada vez más, un servicio también desde los otros, tanto porque esos otros daban sentido a su vida como porque lo iluminaban sobre3 cómo servir.

Y no sólo dedicó su vida a servir, sino que a lo largo de toda ella fue preguntándose qué significaba en concreto ese servicio al que se sabía llamado, y paulatinamente llegó a comprenderlo no como cualquier servicio, sino como un servicio específico: bajar de la cruz al pueblo crucificado.

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Ellacuría no fue sensiblero en absoluto, pero su vida estuvo transida de misericordia, entendida ésta de forma muy concreta: (a) como (re) acción, no pues formalmente como puro sentimiento, (b) hacia el sufrimiento de las víctimas sobre todo históricas, (c) benéfica para éstas y liberadora en contra de sus victimarios, (d) historizada según fuese la víctima y su sufrimiento, y € todo ello por el mero hecho de que existe el tal sufrimiento. Esa misericordia, como acabamos de decir, debe ser historizada, y Ellacuría la historizó fundamentalmente en forma de justicia, tanto por la masividad del herido en el camino –pueblos enteros, millones de seres humanos, “deshechos y piltrafas”, como él decía- como porque la razón de las heridas está en la injusticia, en la injusticia estructural sobre todo.

En lo que queremos insistir, sin embargo, es en que el origen de todo ello no está ni en un descarnado imperativo categórico ni en el atractivo estético de poner en práctica una teoría de la justicia. El origen está en que a Ellacuría se le removieron las entrañas al ver a todo un pueblo postrado, oprimido, engañado, burlado – en el lenguaje vigoroso que solía usar. Ante eso reaccionó, no se quedó en el puro lamento y nunca pactó con ese dolor, a lo que tiende hoy, aun cuando se hiciese con buena conciencia, el postmodernismo por aquello de que hay que aceptar el fragmento, o el neoliberalismo por aquello de que no hay otra solución.

En ese sentido, y por esa razón quisiera decir desde el principio que Ellacuría fue y permaneció hasta el final un radical. El sufrimiento de las víctimas tenía profundas raíces, y esas raíces, no cualquier cosa, es lo que tenía que ser erradicado y sustituido por otras que produjesen vida y fraternidad. Por ello y hasta el final de sus días se reveló contra algo que está hoy muy vigente y que se puede llamar “la geocultura de la desesperanza y la teología de la inevitabilidad”. Y así, en su último discurso en Barcelona, el 6 de noviembre de 1989, verdadero testamento, dijo las siguientes palabras:
“Desde esta perspectiva universal y solidaria de la mayoría populares, el problema de un nuevo proyecto histórico que se va apuntando desde la negación profética y desde la afirmación utópica apunta hacia un proceso de cambio revolucionario, consiste en revertir el signo principal que configura la civilización mundial”.

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Por responder a su sentido innato de rectitud y quizás también a su temperamento luchador y retador, la justicia le obsesionó a Ellacuría. No se trataba para él sólo de eliminar o aliviar la pobreza, sino de cambiar realmente un mundo antagónico, dividido entre empobrecidos y empobrecedores, entre víctimas y verdugos, un mundo que expresa el mayor fracaso de lo humano, la propia autodestrucción de la familia humana, y el mayor fracaso del Dios creador. Por ello, no en vano ni a la ligera formulaba la realidad de los pobres como la de “pueblos crucificados”, para expresar con ello que se trataba de pueblos enteros que mueren, pero que, además, son dados muerte injustamente por otros seres humanos.

Teniendo ante los ojos a este mundo real, Ellacuría apoyó toda acción buena que aliviase el sufrimiento humano, por supuesto, pero el dolor y la muerte de millones de víctimas a manos de unos pocos lo movió a privilegiar no cualquier acción, aunque fuese buena, sino la misericordia y el amor específicos que se dirigen a las mayorías en cuanto oprimidas, es decir, la justicia. Este amor eficaz a las mayorías y no un espíritu elitista o de superioridad –las grandes cosas que quería hacer y relacionarse cuando era necesario con los que están arriba en la historia- es lo que dirigió la elección de lo que tenía que hacer.

Así, la primacía que daba a la justicia lo llevó a propiciar el tipo de praxis que tuviese mayor incidencia en las estructuras. Apoyaba también obras y actividades en contacto inmediato con los pobres, pero de entre ellas privilegiaba las que tuviesen un potencial de incidencia importante para las mayorías –de ahí su admiración y apoyo, además del cariño, a Rutilio Grande y al equipo de Aguilares. Y ése fue su modo personal de historizar las conocidas palabras de san Ignacio, “el bien, cuanto más universal, es más divino”.



… y Obdulio cuida las rosas de nuestra liberación
(P. Casaldáliga)

El 15 de abril, domingo de Resurrección, llegué a San Salvador. Casi 13 años que no regresaba al país.

Al día siguiente, Lunes de Pascua, corrí temprano a ver la tumba de mis hermanos de la UCA.

Bajo un gran cuadro de Monseñor Romero, en la capilla erigida a su memoria por ellos, los nombres de los seis en relieve metálico.

Apenas rocé con las yemas de mis manos uno a uno, me santigué como hacen nuestros campesinos, y, como ellos, los dedos terminaron en mis labios. ¿Podían estar allí Lolo, Amando, Ellacu, Montes, Pardito, Nacho?

…………………

Vi y palpé luego las huellas inequívocas de aquella noche dramática. Allá junto a la cerca un campesino hacía de hortelano… embebido con su cuma, parecía despreocupado de nuestra presencia.

-Es Obdulio, esposo de Elba y padre de Celina, -nos indican. Ha plantado unos rosales donde les asesinaron… -¡Vengan y vean! El lugar donde sembraron los cuerpos acribillados que diera la vuelta al mundo horrorizado por la foto, la tierra que regaron con su sangre Obdulio la transformó en un pequeño jardín.

Aquel Lunes de Pascua empezaba a florecer. Al sol tierno mañanero, con rocío aún, los rosales a punto de reventar los primeros capullos furiosamente rojos.

Las rosas se multiplicaron. Cundió la cosecha que allí floreció y ha seguido abundando. Tanta y tan variada que nos pareció oportuno recoger un manojo para ofrecerlo, en su aniversario, a ellos, a ustedes, a todos los que quieran apostar en proseguir su camino de Testigos de verdad.

La tarea, por más entrañable, no resultó nada fácil. Tal ha sido la floración universal de testimonios que se tornó en aluvión tropical que nos desbordó. Sueño imposible para mí querer atrapar en papel tanta vida como ha seguido generando su muerte.

Será, de mi parte, un torpe remedo de las rosas que Obdulio cuida con primor. Me he visto precisado a elegir y espigar apresuradamente, casi al azar.

Mi Labor ha sido rústica: ¡señalar, podar, enlazar!... mejores jardineros vendrán! Una nube de testigos –ustedes entre ellos- aportaron su verdad. Los mártires y los que ellos crearon me han prestado los mejores instrumentos:

Proceso, ese vigía semanal que pone el dedo en las heridas de este pueblo.

Carta a las iglesias: quincenal testimonio de vida y esperanza contra toda esperanza.

ECA: mensual voz ilustrada de aquéllos que hoy siguen hablando desde sus cátedras-fosas.

Revista Latinoamericana de Teología, que al tornar cada estación del año avizora el paso de Dios por los clamores de estos pueblos sedientos de un samaritano que los levante del suelo o los baje de la cruz.

Ellos fueron testigos de verdad y lo han seguido siendo por medio de ustedes, algunos de cuyos testimonios se recogen aquí. Ojalá que al azar este ramo a su memoria, empuñemos su bandera, besemos su causa que es su cruz… y prosigamos.

Y eso pretendería este libro, si tal se quiere llamar. Muchos bien poca novedad hallarán y hasta la forma la encontrarán muy informal. Así es. Más parecido a un centón que se puede deshojar en cualquier página. Más que lineal, su progreso es circular y envolvente, como rueda que gira sobre un eje y que sólo avanza si hace pie en el camino por andar. Se parece a esta terca realidad que día a día vive el pobre pueblo; gracias también a los lectores que, primero Dios como repite el pueblo, quieran ser testigos de verdad.

Si en algo sirve, a Dios gracias y a este pueblo de tantos Obdulios, Elbas, Celinas… -el verdadero El Salvador,- que juntos cuidan las rosas de nuestra liberación.



Ignacio Ellacuría
Por Román Mayorga

La primera vez que conversé largamente con Ignacio Ellacuría o Ellacu, como le llamábamos sus amigos, fue a mediados de 1970, cuando el BID aprobó el préstamo para realizar el primer plan de desarrollo de la UCA. La Junta de Directores de la Universidad le había designado para preparar el discurso que diría el representante de la institución en la ceremonia de firma del contrato de préstamo. Como yo había participado activamente en las gestiones ante el Banco, me pidió sugerencias para el documento que debía preparar, creo que instancias de la propia Junta. Le expuse algunas ideas sobre la posibilidad que se abría, con los recursos obtenidos, de hacer una universidad nueva en Centroamérica, una universidad que se pusiera toda ella al servicio del cambio social pero universitariamente; es decir, a través de las funciones específicas de esa institución. Él me dijo que esas ideas coincidían con las que venía elaborando desde un ángulo teológico, y que procuraría reflejar todo ello en una exposición breve. Me mostró un borrador, y juntos lo retocamos.
Acompañé al P. Gondra a Washington y él leyó el discurso magistralmente, haciéndole algunas adaptaciones verbales adecuadas al momento. Felipe Herrera, el presidente del BID, lo elogió ante la plana mayor del Banco diciendo que había preparado “un macizo ensayo”. Gondra no cabía en sí de complacencia y derrochaba simpatía como en los mejores momentos en que quería ser simpático. (Hizo tan buena impresión que, posteriormente, le ofrecieron un trabajo en el BID). Cuando le conté esto a Ellacu, peló ampliamente los dientes, como hacía en las ocasiones en que se reía con ganas y bautizó a la primera de nuestras colaboraciones como “nuestro discurso dicho por Gondra”. Habría de ser el comienzo de una amistad que duró hasta el final de su vida; y hasta más, como luego explicaré.
Desde principios de 1971, que entré a trabajar a tiempo completo a la UCA, hasta octubre de 1979, que renuncié para formar parte del gobierno del país, vi a Ellacuría casi todos los días por períodos prolongados, con excepción de sus ausencias del país porque se iba a trabajar en España con el destacado filósofo Xavier Zubiri. Colaboramos juntos y con otras personas del núcleo básico de la UCA en innumerables trabajos, desde pequeños proyectos reinvestigación y libros conjuntos hasta tareas de mayor envergadura institucional como la organización y el segundo plan de desarrollo de la universidad.
Ellacuría fue el director de ECA desde 1976 y había que verlo en las sesiones de preparación de la revista. Era un caudal de ideas y desplegaba allí con toda amplitud sus virtudes de creatividad sin fronteras y entrega a la producción intelectual. Proponía temas, escribía editoriales, preparaba artículos propios, solicitaba colaboraciones, inventaba nuevas secciones, comentaba los trabajos y nos estimulaba a todos para que produjéramos siempre más y mejor. Creo francamente que ECA llegó a ser la mejor revista intelectual de Centroamérica y de muchos otros lugares, una fuente obligada de referencia e investigación para cualquiera que se interese por conocer o comprender a la región centroamericana en los últimos veinte años. Ellacu pensaba que la materia más importante que había que estudiar en la Universidad era la de “realidad nacional” y posteriormente la instituyó como cátedra en los años ochenta, siendo ya rector de la Universidad. Yo creo que Ellacu hizo de ECA una cátedra escrita de la realidad centroamericana. Insistía en estudiar los datos factuales de esa realidad, pero también creía en el poder de las ideas para transformar y conformar realidades, y siempre andaba a la caza de ese tipo de ideas para publicarlas en ECA.

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Pocos días antes de morir Ellacu estuvo en España y se vio con Luis de Sebastián, quien próximamente iba a reunirse conmigo. Le pidió que me diera un libro en el que había escrito su firma con esta sencilla dedicatoria: “Para Román, tan presente en este libro y en esta universidad”. Después del asesinato, Sebas me dio el libro personalmente, sin haberme contado antes de nada y diciéndome entonces: “Te entrego este regalo póstumo de Ellacuría”. Abrí las pastas, leí despacio la dedicatoria, observé que el libro comenzaba con “Nuestro discurso dicho por Gondra”, continuaba con líneas que juntos habíamos escrito o concebido y terminaba con páginas selectas de la maravillosa obra que él continuó cuando yo tuve que marcharme de la Universidad. Me acuerdo bastante del lado lacónicamente afectuoso de mi amigo Ignacio Ellacuría. Cómo no iba a recordarme si conozco dos regalos póstumos suyos, una foto a Ingrid y un libro para mí.



Carta a Ignacio Ellacuría


Por Jon Sobrino


Si me pidieran decir en breves palabras cómo recuerdo yo a Ignacio Ellacuría, el hombre y el cristiano, sólo puedo repetir lo que escribí en forma de carta en el primer aniversario de su muerte.

Querido Ellacu:
Desde hace años he pensado qué diría yo en la misa de tu martirio. Como en el caso de Monseñor Romero, nunca quise aceptar que eso llegara a ocurrir, pero tu muerte era bien verosímil, y la idea me ha dado vueltas a la cabeza muchas veces. Y éstas son las dos cosas que más me han impresionado de ti.
La primera es que tu inteligencia y tu creatividad me impactaron, evidentemente, y sin embargo siempre pensé que no era eso lo más específico tuyo. Para ti mismo fueron muy importantes, es cierto, pero no orientaste tu vida para convertirte en famoso intelectual ni prestigiado rector. Dicho con un ejemplo, recuerdo que en un exilio de España escribiste un manuscrito que te hubiera hecho famoso en el mundo de los filósofos, y sin embargo no le diste mayor importancia ni lo terminaste cuando viniste a El Salvador porque siempre tenías otras cosas más importantes que hacer: desde ayudar a resolver algún problema nacional hasta atender a los problemas personales de alguien que te pedía ayuda. La conclusión para mí es muy clara: más importante que el cultivo de tu inteligencia y el reconocimiento que esto te podría acarrear era para ti el servicio.
Pero, ¿a qué y por qué servir? Serviste en la UCA, pero no últimamente a la UCA. Serviste en la Iglesia, pero no últimamente a la Iglesia. Serviste en la Compañía de Jesús, pero no últimamente a la Compañía de Jesús. Cuanto más llegué a conocerte, más llegué a la convicción de que serviste a los pobres de este país y de todo el Tercer Mundo, y de que este servicio es lo que dio ultimidad a tu vida.
Eras discípulo fiel de Zubiri, filósofo y teólogo de la liberación, teórico de movimiento políticos populares, pero no peleabas por esas teorías como si fuesen un “dogma”. Más bien, cambiabas tus puntos de vista –tú, inflexible-, y cuando lo hacías, una sola cosa era lo que te hacía cambiar: la tragedia de los pobres. Por eso pienso que si algún “dogma” inamovible tuviste, éste fue sólo uno “el dolor de los pueblos crucificados”.
Y eso me llevó a la conclusión de que ante todo y por encima de todo eras un hombre de compasión y de misericordia, de que lo último dentro de ti, tus entrañas y tu corazón, se removieron ante el inmenso dolor de este pueblo. Eso es lo que nunca te dejó en paz. Eso es lo que puso a funcionar tu creatividad y tu servicio. Tu vida no fue, pues, sólo servicio, sino el servicio específico de “bajar de la cruz a los pueblos crucificados”, palabras muy tuyas, de ésas que no se inventan sólo con mucha inteligencia, sino con una inteligencia movida por la misericordia.
Esta es la primera cosa que quería mencionar. La segunda cosa tuya que recuerdo –y ésta es más personal- es tu fe en Dios. Y me voy a explicar. Tu contacto con los filósofos modernos –increyentes la mayoría de ellos, con la excepción de tu querido Xavier Zubiri-, el ambiente de secularización y hasta muerte de Dios que predominaba en la época en la que alcanzaste tu madurez intelectual, tu propia inteligencia crítica y honrada, nada propicia a credulidades, y la gran pregunta por Dios Que es en sí misma la injusta pobreza latinoamericana, nada de ello hace fácil la fe en Dios. Recuerdo un día, en 1969, en que me dijiste algo que no he olvidado: que tu gran maestro Karl Rahner llevaba con mucha elegancia sus propias dudas con lo cual venías a decir que tampoco para ti la fe era algo obvio, sino una victoria.
Y, sin embargo, estoy convencido de que eras un gran creyente, y a mí, ciertamente, me comunicaste fe. Lo hiciste un día, en 1983, cuando al regreso de tu segundo exilio en España nos hablaste en una misa del “Padre Celestial”, y yo pensé para mis adentros que si Ellacuría, el cerebral, el crítico, el intelectualmente honrado, usaba esas palabras no era por puro sentimentalismo. Si hablabas del Padre Celestial es porque creías en él. Me comunicaste fe, muchas otras veces, al hablar y escribir sobre Monseñor Romero y su Dios, al hablar con sencillez de la religiosidad de los pobres, y me la comunicaste con tu modo de hablar y de escribir sobre Jesús de Nazaret. En tus escritor expresabas tu fe de que en Jesús se ha revelado lo que verdaderamente somos los seres humanos. Pero en ellos expresas también, agradecidamente, tu fe de que en Jesús se mostró ese “más” que nos rodea a todos, ese misterio último y esa utopía que todo lo atrae hacia sí. No sé cuanto luchaste con Dios, como Jacob, como Job y como Jesús, pero creo que Dios te venció y que el Padre de Jesús orientó lo más profundo de tu vida.
Ellacu, esto es lo que nos has dejado, al menos a mí. Tus capacidades excepcionales pueden deslumbrar y tus limitaciones y defectos pueden ofuscar. Creo, Ellacu, que ni lo uno me ha deslumbrado ni lo otro ha oscurecido lo que para mí es fundamental que me has dejado: que nada hay más esencial que el ejercicio de la misericordia ante un pueblo crucificado y que nada hay más humano y humanizante que la fe.
Estas cosas son las que me han venido a la cabeza estos años. Hoy, a un año de tu martirio, las digo con dolor y con gozo, pero sobre todo con agradecimiento. Gracias, Ellacu, por tu misericordia y por tu fe.

Jon

LILIAN SERPAS - El Salvador 1905 - 1985

LILIAN SERPAS
(El Salvador 1905 - 1985)

Datos biográficos
Lilian Serpas nació en la ciudad de San Salvador el 24 de marzo de 1905. Fue inscrita en el registro civil capitalino con el nombre de Lilia. Fue la hija del escritor Carlos Serpas y de Josefa de los Ángeles Gutiérrez. Quedó huérfana de padre en 1908. Se sabe muy poco de su progenitora, quien debió ser culta e inteligente, ya que en su casa tenía lugar una animada tertulia literaria –como lo afirmara la propia autora, ya en su vejez–. Así, a los once años de edad se reunía en visitas casi diarias con Francisco Gavidia, patriarca literario que le prologó su segundo libro, En el zafir de un ala milagrosa, editado con el título de Nácar por la capitalina imprenta “La salvadoreña” (1929). Manejó a perfección el inglés y francés.
 En 1927, a los 22 años de edad, mientras colaboraba frecuentemente con la revista Pareceres y en la radio oficial AQM, publicó su primer libro, Urna de ensueños, que contó con una introducción de Juan Ramón Uriarte.
De  25 años (1930-1938) se traslada a los Estados Unidos, residiendo por 8 años en la ciudad universitaria de South Bend City, San Francisco, California. Será en esta ciudad donde publique por vez primera el libro  “Isla de trinos”. Por esta época colaboraba ya con la revista Sequioa,  de la Stanford University.

Regresa a El Salvador en 1938 para trabajar en El Diario de Hoy, donde desarrolló una fructífera actividad periodística e hizo a la luz varios de sus escritos, tanto en prosa como en verso, dirigió las secciones Variedades del hogar y de la moda y Pajaritas de papel (1941). 

Parte de nuevo a Estados Unidos y se casa con el pintor Carlos Coffeen, con quien procreó tres hijos: Carlos, Fernando David y Reginaldo.
Luego, abandona Estados Unidos y reside en la ciudad de México, donde publica Huésped de la eternidad (poemas de 1928 a 1948, con prólogos de José Vasconcelos, Arturo R. Pueblita y Gregorio Cordero y León), La flauta de los pétalos (1951; San Salvador, 1979, con palabras preliminares de David Escobar Galindo) y Girofonía de las estrellas (1970)
Durante su estancia mexicana también escribió Corazón y esfera (obra comentada por José Vasconcelos), Hacia un punto del origen, Por ese amor siendo amada (con prólogo de Pedro Álvarez del Villar), Nivelación y Proyección a la nada (también titulada En un rol de fuego blanco), trabajos literarios de los que se carece de información editorial concluyente, por lo que cabe presumir que solo fueron proyectos de libros o manuscritos varios que quedaron inéditos.
Después de 1972, a raíz de la muerte de su hijo Fernando a manos de un conductor ebrio, Lilian entró en un proceso autodestructivo a nivel mental y físico.  Sólo gracias al esfuerzo y la caridad de algunas amigas salvadoreñas, es trasladada de vuelta a su país.
De vuelta en el país, escribió el poemario Pensamiento que no muere (inédito), en el que destinó una sección completa para diez sonetos dedicados a Francisco Gavidia. Mucha de su producción poética de estos años fue dada a conocer por las páginas sabatinas de Filosofía, arte y letras de El Diario de Hoy.
En 1982, la Dirección de Publicaciones editó Meridiano de orquídea y niebla, que contiene poemas escritos entre 1945 y 1957.
Con la salud física y mental dañadas, se le dio trabajo en la Dirección de Publicaciones del Ministerio de Educación donde laboró hasta el día de su muerte, ocurrida el 10 de octubre de 1985, tras haber sido hospitalizada debido a una caída que le causó varias fracturas. Sus objetos personales y sus manuscritos, contenidos todos en una maleta, fueron incinerados en medio de un confuso incidente. Ninguno de sus tres hijos sobrevivió a la escritora.
En Texas, Estados Unidos, residen a la fecha 6 nietos de Lilian Serpas, hijos de su Fernando David: ninguno de ellos habla ni lee el idioma de su abuela.


                                  
  Lilian Serpas Por Ana de Pacas

Con gran facilidad y lucidez de dicción, Lilian nos regala en su poesía, su manera de sentir, seguramente que los elementos que la rodearon, le brindaron la sublime inspiración para elaborar su obra poética, supo impregnar en sus versos, la claridad de su motivo.
Es admirable el dominio que ejerce en la forma de su poesía, me refiero a la soltura que se aprecia en la construcción del soneto. El conocimiento que posee del secreto de la imagen y de la ternura humana, nos lo deja ver en uno de los tercetos de la poesía titulada “Aluzinaje” que copio a continuación: “Yo heroica y huyendo en un desvelo/ -libre y sin nada- como en un deshielo/ alcanzo en pie de amor, el infinito/”. Sus poemas se disfrutan y saben a caricias de angel, solamente advertimos en ella, un vacío, en cuanto a la problemática social de nuestro país, pero la justificamos por el hecho de haber vivido en una época en que la mujer estaba limitada por reglas que le inhibían su participación en ciertas actividades.


La Mariposa

En el jardín de plenilunio lleno
su tríptico de pétalos se posa,
con la fijeza de una mariposa
que congelara en flor su desenfreno.

Tiene en su cáliz de candor un pleno
aire más fino que nevada rosa,
y del perfume, doncellez premiosa,
la suave gala de blancor sereno.

Vuelta de niebla y música su vida
es retazo de luna: ahí fundida
vobró la noche en su primer rocío.

Así quedó la mariposa en vuelo
sobre la media página del cielo,
¡clavada al aire en alfiler de frío!


Ocaso

La luz en pie de Ocaso compagina
al del Oro sangrante de la rosa;
y suma cardinal y milagrosa
al viraje del sol en la colina.

La fuga de las cosas se adivina:
diríase una escala luminosa,
por donde asciende el aria jubilosa
que al corazón de la floresta afina...

Más la tregua de un día pajarero
-en nidales de celo y alborozo-,
elige permanencia en el alero...

Y un éxtasis de dicha se presiente
-al expirar un ágave gozoso-,
¡tal un místico albor, en el poniente!


Lección de muerte

…Por un ayer extático y remoto
muero viviendo a pausas con la vida;
mas exhumo en mi piel igual al loto,
que del cieno en la flor, busca salida…

Si en flagelos de agobio consumida,
Como una aspiración busco lo ignoto;
Y porque en muerte vivo dividida,
Mi tiempo, en lo fugaz es mundo: roto…

De la vida en un breve itinerario
-con mi lección de muerte abriendo puertas-
al átomo de Dios; mas sin horario

-como trampa dantesca de un infierno-
de este mundo de trágicas reyertas,
sólo afirma mi espíritu, ¡lo eterno…!


Aluzinaje

Lúcido en la tiniebla de un momento
de ser -ya sido- en inicial viraje,
arranca de raíz mi pensamiento
-tan joven como antiguo en su linaje-.

Ráfaga a grupas de un saber, aliento
-del polvo hostil es rescatado viaje-,
emite luz, muy cerca a lo que siento
del más nocturno azul de alunizaje.

Ritmos de meteoros miden tensa
noche, sólo soporte a mi defensa,
igual a rostro en Cero circunscrito.

Yo heroica y huyendo en un desvelo
-libre y sin nada-, como en un deshielo,
alcanzo en pie de amor, el infinito.


Lo intemporal

I
Próxima al vértigo, sin pausa, alerta,
Al rumbo huracanado en la espesura
-de un muro de olas-, en fatal reyerta:
mi ser, igual a barco en la aventura:

por náufrago pavor, donde apresura:
zozobra, tiembla, y el corazón despierta;
pulsa el timón intemporal, y acierta
-sostén a su caída-, a la más pura
excelsitud de un sueño, en inminente
forma -la que fenece-, y de un arcano,
la fuga del dolor, suave nepente…;

si lleva ella, la imagen exhaustiva
de Dios en si, o de Él, lo tan lejano;
¡mas siendo eternidad, que sobreviva!


II
Proa al vaivén de un mundo ingobernable,
-en el ocaso unánime de mi vida-,
forma es de un tiempo, abierto a inefable
gozo, el más breve: Idea definida,

naciendo a ras de un diáfano y palpable
cielo ahí en un Todo…Y esclarecida
mi mente en un tanteo de insondable
noche, tras debates arrecida

-en pugna del ludibrio… - Y el pensamiento
para ser, o no ser la amortajada
de mi crear punzante, al solo intento

de ver el infinito, al que posterno…
y en mi sentir, su esencia es a la Nada
-en lo de Dios-, ¡mi rostro en puro eterno…!


III
…Sin rostro ya y sin pies en mi jornada,
la conmoción que alúmbrame es Poesía,
siguiendo el ritmo en la girosofonía
de un ala al vuelo a la luz desintegrada…

Mi término es inicio de la Nada;
Y en mí no vivo si de la agonía
El Fin no llega, para un nuevo día,
Y si -muero sin morir-, voy desterrada:

Para un futuro limpio de mi mente
-en la Totalidad viviendo ausente-,
y en gloria de un minuto, que, si existe,

es la imagen tan solo de un presagio
si no siendo al estar en un naufragio,
¡mi muerte al trascender vivirá triste…!


Beethoven

Vertical en la rosa del sonido
Oyes vibrar el cosmos, que en sí rota
-desde inaudible clave- y de tu oído
-vórtice de una clave- libre flota,

al acorde cifrado, y sola nota
conjuga en unidad de tu sentido,
un Universo abierto en la remota
bóveda, pentagrama en tu latido;

y tu mano estelar en contrapunto
-beethoveniano de alta sinfonía-
pulsa del tiempo universal conjunto:

marea cuando estalla ¡oh Dios, que mueve,
el perenne fluir de la armonía,
y amenaza lo eterno con lo breve!


Oculta clave

Pájaro azul del vuelo delirante,
Medir puede la exacta geometría
-que sólo Dios creara-, y fuera el guía
del árbol en el salto equidistante:

Seguro del secreto se confía,
Tras el aéreo impulso trepidante,
Si de sus alas, en un solo instante
Arriésgase en sus trinos de alegría:

Y hacia el nido, al flotar sobre la rama
-el pájaro, en la clave de su trama-
sin caer en la trampa a donde vibra:

pulsa la levedad, aspira el aire
volátil del aroma, y en un donaire,
por el trino que exhala, ¡se equilibra!


El espejo

Ámbito intemporal y luna helada
Trae el amor cifrado en mi sigilo;
Sé de la luz de Dios -por Él creada-
Y el dulce honor que me depara asilo…

Porque en convexa margen ato el hilo
De mi imposible afán, en la estrellada
Noche, su rostro busco y lo perfilo,
Definiendo en un cielo, su mirada…

Y de alto girasol soñado para
Convertirme en espejo, la tragedia
Huidle cópiase en mi propia cara…

¡Igual a río en mi vigilia vierte,
vago temor que a mi pensar asedia,
como espectral imagen de la muerte!


CANTO A MIS NIÑOS
Mis niños, los de los sueños
–que no soñaran los ángeles–,
nacieron para el arrullo
de mis labios mortales.

Celeste luz que del cielo
a mis niños los despierta:
tienen color que da el agua
cuando en sus ojos refleja.

Amanecen desde el Alba
en albor sus piececitos;
dedos del aire sostienen
su milagroso equilibrio.

La línea del arco-iris,
les traza su fina curva,
para andar sobre rocíos
y entre vaivenes de cuna.

Con sus diminutas manos
tocar parecen tangibles
notas de viento, en el ritmo
de cantos que no se escriben…

Son como tallos floridos
que alzaran allá en la selva
sus capullitos de luna,
brotando en la Primavera…

Mi corazón los contiene
y en la sangre que les nombra,
un aire de amor los mece,
con arrullos de paloma.

ACUARELAS
Con un pincel de plata
la luz pinta acuarelas
en el jardín del alba.

EL ÁRBOL

El árbol es un filtro
para sorber aromas,
para escanciar rocíos…

EL PINO

Con su batuta, enhiesto,
dirige el alto pino
la orquestación del viento…
Y el árbol de la sierra
–tenor solista–, canta
el aire de su queja…

COMUNIÓN

Gigante luna comulga
con las hostias diminutas
de la lluvia.

EL PÁJARO CARPINTERO

Con su pico y su taladro
el pájaro carpintero
traza un túnel en el árbol.


GOLONDRINAS

Golondrinas de la tarde,
son las notas musicales
del pentagrama del aire…



ARMONÍA

Del valle a la montaña,
la luz con pies descalzos
transita alborozada.
La curva de los llanos
–cuajados de armonías–
colora con sus manos…

DE LA AMADA AL AMADO

Desde el olvido para mi consuelo
sube del alma en esta Primavera,
algo como la luz de lo que fuera:
un suspirar de trinos, sobre el cielo.
Y vuelve con sus alas el anhelo,
tras la gaviota azul y mensajera,
que de la nube al corazón, viajera,
deja nostalgia a mi ansiedad de vuelo…
Mas rescato al Amado en los colores,
de un tenue vaho al reflejar las cosas,
con la imagen que evocan los amores…
Ungüento es el aroma en cercanía
del recuerdo que vivo entre mis rosas,
y en un éxtasis muere en la bahía.

RONDA CELESTE
I
En la carroza de Júpiter
ruedo que ruedo, rodando;
y en cataclismos se agitan
de mis corceles los cascos,
que las planetarias fuerzas
van reduciendo a pedazos…
II
De la noche en el espejo
se ve la cara de Dios,
y el mundo gira que gira
en las manos del Creador…

Tras la ronda van los ángeles
lanzando rayos de amor,
y en las estrellas del viento
pasa la tierra veloz…
La noche sobre la tierra
es la diástole del sol,
en el pulso planetario
de la estelar rotación.
En luz y sombra danzando,
entre neblinas del mar,
llega mi barco a Manhattan
y al contemplar la ciudad,
en el cielo de esta noche
brillando está Nueva York;
mas siempre cuando atardece,
¡amanece en el Japón!

III
En la noche sueñan Albas
los niños de la ciudad;
los niños de todo el mundo
en la ronda eterna van.
Doradas voces del aire
suenan sonoro cristal;
y es la luna pandereta
que agita la soledad.
En la fuga de la tierra
y en –ronda de libertad–,
seres y niños no aciertan
que van con ella al azar;
Que están de pie sobre curvas,
y ¿cómo no caerán?...
porque se mueven acordes
a leyes de gravedad.
¡Fuera de mí con el viento
vibrando estoy en las cuerdas
de un infinito Universo,
–pitagórica y etérea–
por entre círculos diáfanos,
trazando claras estelas.
¡De las nubes voy forjando
mis clámides de centellas,
y allá entre puertos de vidrio,
–donde se pescan estrellas–,
viviré entre ánimas buenas…!


CÁNTICO AL DOLOR DE AMAR

Dolores que son míos
en minutos sombríos
se trasvasan en flores,
que el corazón prefiere:
si en un dulce quebranto,
una mirada hiere
la raíz de mi canto.

A mi ser no se oculta,
que si de amores, muero,
este dolor prefiero,
esta pena sepulta,
donde mi vida ausculta
a mis vitales ríos…
Dolores que son míos
en minutos sombríos,
se trasvasan en flores,
que el corazón prefiere:
cuando en dulce quebranto,
una mirada hiere
la raíz de mi canto.
El galope más fuerte
del corazón es guía…
en él marcha la muerte
por rutas de agonía;
y en faz de la alegría
fragua mis desvaríos.

¡Dolores que son míos
en minutos sombríos
se trasvasan en flores,
que el corazón prefiere!,
¡cuando en dulce quebranto,
una mirada hiere
la raíz de mi canto!

CRISTO NEGRO DE SANTA MARÍA

En los rasgos oscuros de este Jesús exhausto,
el semblante de Cristo va creciendo en las llagas,
y en el milagro agónico del sangriento holocausto
hay trasudar de penas tras las horas aciagas.
Sus dulzuras conmueven a la roca y al nido;
y en dirección al viento que lleva su semilla,
de su sangre se impregna tras surco dividido,
el trigal que trasmutase en pan de maravilla.

Acrecientan las uvas para el mosto fecundo
un temblor de racimos sobre la tierra herida,
y la sombra en lo alto del madero en el mundo,
su mensaje conduce de renovada vida.
Él revive en los cauces del alma fabulosa
el ancestral lamento de suspirable esencia,
y a los hombres en ira, su bondad generosa
va conduciendo a rumbos de Verdad y creencia…
Se le volvieron rosas, estigmas putrefactos,
y en estrellas, el llanto del párpado amarillo,
a su dolor crecieron, soles estupefactos
para colmar el mundo con su celeste brillo.
Hacia su Luz eterna siempre el ánimo mira,
y a las veinte centurias de su muerte, los fluidos
que manan del madero donde su drama gira,
y estrechan con sus círculos de amor, a los sentidos.
A lomo de los vientos su doctrina de llama
ilumina horizontes y sobre el mundo sopla:
¡si no hay Verbo que apague la expresión quien soflama
al Universo mismo, que a su unidad se acopla!
Un himno se levanta de la muerte a la vida,
y en el drama sangriento, más allá de la nube
en cal de huesos queda y a su raíz fundida:
¡su carne de pureza que del abismo sube!

CANCIÓN DE AUSENCIA

¡Triste la tarde flota en esencias
de amores tiernos que no olvidé!;
son un suspiro las avecillas
que ayer sus alas yo contemplé.
Mi íntimo canto vuela con ellas
va en laberintos de albo fulgor;
un trino vago besa la hierba,
y yo no encuentro mi dulce amor…
Cambiando llaves voy en mis sueños,
pulsando sones al corazón;
mis manos palpan suaves laúdes
y el cielo es pauta de mi ilusión.
Una insaciable sed que no colma
hiere de muerte mi amor sin fin;
pasan gaviotas en la bahía,
y mi alma es nube que va al confín…
Pasan los años y las distancias
creí acercarlas con mi penar;
la fe perdida llevo en el alma,
y así en mí misma vuelvo a tornar…¡Aquí muy dentro te espero Amado,vestida de aire para el amor;
que la flor roja de aquellos días,
–falta de riego–, se marchitó…!
 
  
Datos biográficos

Nació en la ciudad de San Salvador en 1945. Debido a que su padre ejerció labores diplomáticas en París, su educación primaria la realizó entre Francia y El Salvador. Alcanzó el bachillerato en Ciencias y Letras en el colego jesuita Externado de San José y cursó estudios germanísticos y de idioma alemán en el Goethe Institut (Alemania) y estudios de Banca Internacional en el Manufactures Hannover Trust Company (New York).

En 1975, obtuvo la licenciatura en Ciencias Jurídicas de la Universidad de El Salvador. Al año siguiente, la Corte Suprema de Justicia lo facultó para ejercer el notariado público, el cual desempeñó hasta 1993.

Su pasión por la historia española y francesa en tierras centroamericanas lo ha llevado a realizar sendas investigaciones en bibliotecas y fondos documentales de España, Francia, Estados Unidos, México, Guatemala, Honduras y El Salvador. Para algunos de esos trabajos, contó con becas de hispanista, concedidas por el Ministerio de Asuntos Exteriores de España (1990 y 1998).

Frutos de esas investigaciones fueron los libros: Brasseur de Bourbourg. Esbozo biográfico (Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas”, 1988), Códice Sonsonate. Crónicas hispánicas (dos tomos, CONCULTURA-Patronato Pro Patrimonio Cultural, 1992) y Los Tlaxcaltecas en Centro América (CONCULTURA, 2001).

Escribió también Breves apuntes históricos sobre el cacao en El Salvador (Honduras, 1993) y Sobre moros y cristianos, y otros arabismos en El Salvador (San Salvador, 2000).

Ameno conferencista, su palabra oral e impresa ha sido divulgada en publicaciones periódicas y tribunas de Centroamérica, Panamá, Colombia, Chile, Bolivia, Uruguay, Argentina, Cuba, México, Portugal, España y República Dominicana.

Como labores oficiales ha fungido como miembro de la comisión presidencial para el rescate del sitio hispánico de Ciudad Vieja (1995-2001), del comité consultivo del Consejo Nacional para la Cultura y el Arte (1995-1999), de la comisión oficial para los 450 años del título de ciudad de San salvador (1996) y comisión interinstitucional para la creación del Museo Nacional de Historia-Museo Presidencial de El Salvador (2001).

Entre las instituciones culturales que lo cuentan como miembro de número se encuentran la Academia Salvadoreña de la Historia (1975); Real Academia de la Historia (Madrid, 1984); Academia de Geografía e Historia de Guatemala (1989); las academias puertorriqueña, boliviana, portuguesa y dominicana de la Historia (1990, 1992, 1996 y 1997); Patronato Pro Patrimonio Cultural (1991); Instituto Salvadoreño de Cultura Hispánica (1993); Asociación Cultural México-El Salvador (1993); Centro Cultural Salvadoreño (1994): Instituto Cultural El Salvador-Israel (1995); Instituto Sanmartiniano Salvadoreño (1995); Fundación Tendencias (1995); Academia Salvadoreña de la Lengua (1997); Real Academia Española (Madrid, 1997); Ateneo de El Salvador (1998) y Seminario Permanente de Investigaciones Históricas (1999).

Por su trayectoria intelectual, ha sido galardonado con los grados de Caballero de la Orden de las Artes y las Letras (Francia, 1990) y de la Orden de Isabel la Católica (España, 1995).

Fragmentos de sus trabajos de investigación

“La América que rendida,
jura á Carlos por su Dueño;
de lealtad, y amor vencida,
oy con valeroso empeño,
dará por su Rey la vida”.
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El siglo XVI estaba finalizando. Fue el siglo épico, el brutal, el más dramático. Los españoles realizaron algo que parecía increíble e inimaginable. Una inaudita extensión del continente estaba ya conquistada, pacificada, colonizada y evangelizada, y los reinos de ultramar incorporados a la corona de Castilla. En las ciudades y villas la vida transcurría en sus múltiples facetas como eco y resonancia de España. En los pueblos indígenas, la población nativa comprendió con sufrimientos y amarguras que era irreversible lo sucedido, que su situación era la de sometimiento. España se estaba enraizando profundamente en América, la herencia será eterna, aunque el alma de Las Indias nación insegura, afligida, acongojada.

En el XVII se afianza la personalidad de la sociedad indiana europea; los ideales caballerescos renacentistas desaparecerán y los nuevos blasones estarán engarzados en los ducados, en la riqueza, el gran vehículo de ascensión social. Esa sociedad será un conglomerado híbrido, de colores y fisonomías variadas, de cruce de razas y tipos físicos nuevos inmersos en la común denominación de castas. El panorama humano se verá transformado por esas mezclas raciales y aun los mismos blancos –generalmente llamados españoles- ya no serán iguales si nacieron en España o el Las Indias, pues los de América van adquiriendo una personalidad un tanto distinta, son los criollos. El siglo XVII es una centuria de angustias, de formalismos y adulaciones, ostentoso, retorcido, siglo de ciudades lujosas, de pasiones colectivas, de efectos masivos, de grandes ceremonias, de obsesiones grandilocuentes que reflejan el absolutismo y la ortodoxia. Es el gran siglo barroco, brillante en su comportamiento verbalista y fatuo, con mucho de melancolía. Y Las Indias españolas se inscriben en esa cultura barroca que tiene aquí su base en el mosaico étnico de pigmentaciones diversas, en donde los indígenas y los negros esclavos son la antítesis de la arrogancia extravagante, individualista y apasionada de los blancos peninsulares y de la afectada seudo aristocracia criolla, constituida por los nietos de los conquistadores, de encomenderos de primeros pobladores, de funcionarios reales; un grupo social formado por rentistas de tributos más o menos considerables que todavía están en el sistema de encomienda, así como hacendados y comerciantes prósperos, que no dejan de repetir en documentos legales los servicios hechos al rey por su padre o su abuelo para ganar mercedes y prebendas. Una sociedad que no deja de tener un cierto tinte macabro por su obsesión por el más allá.

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Con respecto a Sonsonate, la estadística de 1858-1861 incluye el informe municipal de 1859, que explica el origen del barrio y refiere la tradición de la lanza de Pedro de Alvarado en el barrio de Mexicanos. “Dejó también Alvarado una colonia de indios tlaxcaltecas en el pueblo de Mejicanos, que al presente es barrio de esta ciudad, y les donó su lanza”. De la lanza de Alvarado entre los tlaxcaltecas de mexicanos no se tiene ningún otro dato     –hasta ahora–, nada sobre qué sucedió con ella y cuál fue su destino. Al igual que la espada del Adelantado en San Salvador, la lanza de Sonsonate era posesión preciada que garantizaba identificación  en la diáspora tlaxcalteca.

Tal y como en Santiago de Guatemala, la Trinidad de Sonsonate celebraba su fiesta del Volcán. Se trataba de una representación de antología, en la plaza de Armas de la villa, y así como en Santiago se rememoraba la conquista española y la derrota de los señores de la tierra, en La Trinidad el monarca vencido era el huey tlatoani azteca Moctezuma, a diferencia de Guatemala, que lo era el Sinecam de los cakchiqueles. La más fastuosa fiesta del Volcán tuvo lugar el miércoles 21 de enero de 1761, en ocasión de la jura de Carlos III. También hubo un monte de madera, recubierto de flores y verdor, con jaulas de pájaros y aves de presa, y animales fieros con triguillos, pumas y serpientes. Al pie del simulado volcán, dos puertas daban al interior, y por fuera, alrededor de él, una escalera con el pasamanos enflorado. Arriba, un trono con cojines, cubierto de damasco a manera de toldo. El espectáculo se desarrolló en dos partes. La de la mañana fue la entrada de Moctezuma y sus indígenas, cargado en una silla dorada. Le acompañaban tropas simuladas, con adornos de plumas de quetzal y de otros pájaros multicolores, así como comparsas con mujeres y ancianos. Al mediodía, después del desfile de Moctezuma y su corte, todos fueron invitados a la comida en casa del alcalde mayor Bernardo de Veyra, quien dejé impresa la crónica de los dieciséis días que duraron las inusitadas festividades de la jura.

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Cortés, representado por un hombre vestido a la usanza del XVI, contempló desde el corredor del cabildo la escaramuza en la que el jefe azteca sufrió su consabida derrota y acto seguido fue presentado ante el capitán castellano, el cual estaba sentado con el alcalde Veyra, acompañado por las autoridades y lo más granado de los vecinos; atrás de ellos dos cuadros, uno con el rey Carlos III, el otro con la reina María Amalia de Sajonia. Y allí, ante Cortés y los monarcas en pintura, Moctezuma aceptó la soberanía castellana, después de ser amablemente requerido por el capitán en jefe.

Todo terminó con Moctezuma tirando monedas de plata a los espectadores, con lo que se armó la de San Quintín, pero de júbilo. Al poco tiempo, el monte y sus afeites eran saqueados por la muchedumbre, en medio de un bullicio abrumador y risas descontroladas. Para La Trinidad de Sonsonate fue la ilusión de ser villa y corte en festejos tan prolongados, como nunca se vieron en duración en Centro América, pues no es fácil encontrar algo igual, por lo menos no consta en las crónicas.

Los tlaxcaltecas de Sonsonate estaban presentes siempre en la gran fiesta barroca, cuando los sentimientos y la alegría desbordante acompañaban la sensualidad del estallido del espectáculo y la diversión, que ponía ansiada brecha en la pretendida austeridad de costumbres de España y sus reinos.
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Las ordenanzas de Pedro Ramírez de Quiñónez para los pueblos de los Izalcos y villa de La Trinidad fueron anunciadas públicamente con voz de pregón a los pocos meses de fundada la población española en 1553; el 15 de octubre en la villa, el 23 en Tacuzcalco, el 24 en Nahulingo, el 25 y 26 en Tecpán y Caluco. En cuanto a los días de mercado en las plazas, estos tiangues se celebrarían bajo las respectivas ceibas de los pueblos el lunes en Tacuzcalco, el martes en Nahulingo, para Tecpan Izalco los miércoles y en Caluco Izalco los jueves; además viernes, sábado y domingo indistintamente para cualquiera de los poblados. Las disposiciones del año siguiente, 1554, del oídor Alonso de Zurita, autorizaron el tiangue de la plaza Mayor de La Trinidad los viernes y sábados. Estos mercados debían durar desde la mañana hasta el anochecer e indios y comerciantes tenían que regresar a sus pueblos o la villa, en su caso. Ninguna transacción debía hacerse por la noche, sólo de día, públicamente y al contado. Estaban permitidas todas las mercaderías y productos lícitos, incluyendo machetes y huipiles. Los indios guatemaltecos, mexicanos y tlaxcaltecas, negros, mulatos, indios naborías de servicio, mestizos y españoles no podían vender directa ni indirectamente –ni tampoco los indios aborígenes– vino, armas, caballos, perros, ropa y jergas de Castilla y camisas con hilo de oro. Estos quedaban para transacciones en tiendas establecidas, no en los tiangues al aire libre. El vino se vendería con restricciones “pocas veces y no diariamente” a caciques e indios principales, según el criterio del alcalde mayor. También se autorizó la venta de indios enfermos. Sólo caciques y principales asimismo podían adquirir caballos y ropa de Castilla. En general los indios estaban autorizados para ir a Acajutla y La Trinidad a comprar lo necesario y se debía cuidar de que se los vendiera a bajo precio. Las justicias de la villa y pueblos quedaban obligados a velar que los indígenas no fueran maltratados en esos días de tiangue y que todo producto alimenticio se vendiera al peso, tal la carne fresca y salada de res, carnero o cerdo, el pescado también fresco o salado, el maíz, el queso. Ningún mercader o vendedor, sea quien fuere, podía andar en las casas de indios comprando ni vendiendo de fiado o al contado. Los mercaderes mexicanos podían sembrar milpas solamente en Acajutla o La Trinidad. Ningún español de cualquier calidad y condición, indio, negro, mulato ni mestizo estaba autorizado a embarcarse en navío sin autorización especial, so pena de cien pesos de multa, para él y para el maestre de la embarcación. Se prohibió que las autoridades consintieran que hubiesen caballos sueltos en toda la región de los cuatro Izalcos. En los pueblos indígenas quedaba prohibido que vivieran indios forasteros, negros, mulatos y mestizos.



Pedro Escalante Arce por Ana de Pacas
Es encomiable la tarea de profundidad que asume don Pedro Escalante Arce, al pretender plasmar la memoria de los pueblos salvadoreños, su narrativa sobre las celebraciones de festividades destinadas a la conservación de las tradiciones preservan la identidad en la vida actual.
El propósito de reconstruir la historia local, es un empeño que carece de vistosidad, pero deja una huella permanente al servicio de nuevas generaciones.
Diferentes localidades podrán reconocerse a sí mismas y ¿por qué no? proyectar una imagen que contribuya a la formación dentro de los lineamientos de la paz que es la esperanza colectiva denominada “El Salvador”.