viernes, 13 de enero de 2012

IGNACIO ELLACURÍA España 1930- El Salvador 1989

Doctor en filosofía, teólogo, sacerdote, maestro, escritor, luchador por la paz y la justicia

Datos biográficos


Ignacio Ellacuría Beascoechea nació en 1930. Muy joven entró a la congregación de los jesuitas, iniciando los estudios de secundaria en el colegio internado que la compañía posee en Tudela (Navarra), pasando por allí al noviciado de Loyola, el 14 de septiembre de 1947, cuando Ignacio contaba diecisiete años. Al año siguiente, con tan sólo dieciocho años, es enviado por sus superiores junto con otros cinco compañeros jesuitas vascos a fundar el Noviciado en la localidad de Santa Tecla.

Tras su primera profesión religiosa, una vez terminado el noviciado se traslada a Quito (Ecuador) donde realizará sus estudios de humanidades y filosofía en la Universidad Católica de la capital ecuatoriana. En Quito conoció a dos de sus educadores de su juventud que más le habrían de influir intelectual y humanamente, el jesuita navarro Ángel Martínez Baigorri, de fuerte personalidad y de excelentes dotes poéticas, y el rector de la Universidad, P. Aurelio Espinosa, S. J., buen conocedor de los clásicos griegos y latinos, en especial Virgilio, Sófocles y Horacio. En 1955 obtiene en Quito la licenciatura civil y eclesiástica de Filosofía, y regresa a El Salvador, donde durante tres años ejerció de educador y de profesor de latín en el Seminario Diocesano de San Salvador, San José de la Montaña.
En 1956 escribió su primer artículo, en la revista Estudios Centroamericanos (ECA) de la Universidad Centroamericana (UCA) “José Simeón Cañas”, sobre Ortega y Gasset, y en la revista Cultura, sobre el despertar de la filosofía. En estos primeros años de profesor en El Salvador, Ellacuría se halla en búsqueda de un estilo de filosofar personal, de la mano de sus lecturas personales, entre las que se encontraban sobre todo las obras de Ortega y Gasset, y de la mirada atenta a la realidad salvadoreña que le rodea, sometida a regímenes dictatoriales y represivos.

Con objeto de completar sus estudios, lo envían sus superiores en 1958 a la Universidad de Innsbruck (Austria) donde estudiará la licenciatura en Teología de la mano de ilustres profesores, entre los cuales se encontrará Karl Rahner, quien le puso en contacto con la filosofía de Martín Heidegger. Son los años del Concilio Vaticano II y corren vientos primaverales dentro de la Iglesia. Siguiendo las indicaciones que en carta personal le sugería el P. Aurelio Espinosa, Ellacuría se aprovechó de todo lo valioso que la filosofía y teología alemana le podían aportar, pero no se quedó prendido de ella sino que fue conformando su propio pensamiento, en años posteriores, de la mano del filósofo donostiarra Xavier Zubiri. Al acabar los estudios de Teología, y tras ser ordenado sacerdote el 26 de julio de 1961, en Innsbruck, regresó a España con objeto de pasar una temporada de descanso con su familia y entablar contacto co Xavier Zubiri e iniciar los primeros pasos para realizar bajo su dirección la tesis doctoral en Filosofía. Tras estos primeros contactos con el filósofo vasco, empezó a colaborar directamente con él en Madrid a partir de ese momento.
Ellacuría comenzó sus cursos de doctorado en la Universidad Complutense de Madrid, a partir de 1962, centrando su interés sobre el libro de Zubiri, Sobre la esencia, recién publicado, y sobre el que realizará su tesis doctoral, que terminó y defendió en la propia Universidad Complutense en 1965 (La principialidad de la esencia en Xavier Zubiri, 3 vols.). Desde ese momento, aunque Ellacuría regresa a El Salvador para iniciar su tarea de profesor de filosofía y teología en la UCA de San Salvador; trabajará de forma continuada con Zubiri, con estancias alternadas entre Madrid y San Salvador.
Tras varios años como director del Departamento de Filosofía, en 1969 es nombrado rector de la UCA, cargo en el que se mantuvo de forma ininterrumpida hasta su muerte violenta en la propia universidad, el 16 de noviembre de 1989.

  Padre: Ignacio Ellacuría. Ana de Pacas

   Reconocemos que estamos ante un referente singular. Podemos ver con claridad que su preocupación mayor, es partir de la realidad, por dura que sea, y volver a la realidad. Su racionalidad estaba íntimamente ligada a la sensibilidad de las mayorías populares empobrecidas. Le importaba sobre todo, la realidad del ser en el mundo y la respuesta de la conciencia ante esa realidad. Él estaba consciente de las implicaciones socio-políticas, pero aún así, quiso vivir o morir con el pensamiento liberador de la comunidad a la que pertenecía.
  Su vida incita a indagar la verdad de su compromiso y de cuanto él defendía.

Ignacio Ellacuría Beascoechea

Como educador social que era, el padre Ellacuría abrió la brecha para la conformación de un estilo nuevo de debate y discusión política, amparado en la solidaridad de ideas y criterios que son producto de su excelencia académica, de su conocimiento pleno y honesto de la realidad y de su inquebrantable lucha por la construcción de un mundo auténticamente cristiano. Su pensamiento fue claro y contundente, libre de tropiezos ideológicos que debilitaran el carácter científico y evangélico de sus argumentos. La fuerza de su palabra, la exactitud de sus interpretaciones y su brillante capacidad de penetrar a fondo en el escollo teórico que sirve de sostén ideológico a intereses hipócritas y egoístas, lo volvían en nuestro tiempo la voz más hostil y delatante, la luz más alucinante, el discernimiento más insoportable. Por eso lo mataron, por su corazón grande y generoso, por su sabiduría incompatible.
El sabía sorprender la mentira disfrazada, esa falacia adjunta que hoy luce natural y cuidadosamente desapercibida a los ingenuos y duros de corazón.
Su afán primordial fue siempre insistir en la verdad, iluminando los proyectos políticos que se debaten en nuestro tiempo, clarificándoles el mejor camino y denunciando el pecado estructural como razón última de nuestros problemas.

Hoy estamos a las puertas de una nueva corriente filosófica más completa, de utilidad directa e inmediata al trabajo por la justicia social, basada en el análisis histórico de la realidad y profundamente cimentada en el compromiso cristiano. Una nueva luz que nos enseña el carácter pleno e íntegro del perfecto involucramiento, aquél cuyos frutos están medidos por nuestra capacidad de dar, de forjar vida y esperanza, de convocar a la conversión y al anhelo de verdad. Porque como cristianos estamos llamados a encargarnos de esta realidad, entonando un mismo empeño, alzando con coraje la fuerza de la idea y la razón para desarmar la prepotencia, para desenmascarar la falsedad, para revertir el odio en solidaridad, para quebrar el pecado y empujar juntos la nueva sociedad.

Ellacuría nos enseñó un modo peculiar de hacer transformación, de luchar por la justicia, de avanzar en la liberación. Su ejemplo, hoy más que nunca resuena con mayor fuerza y claridad, iluminando nuestro interés social, perfilando el modo cabal de ser juventud de cambio presente en nuestra historia, de ser voluntad comprometida que arrastra y demanda la patria concertada, la alegría compartida.


Jon Sobrino habla de Ignacio Ellacuría

Si algo me llamó poderosamente la atención en Ellacuría desde el principio fue su pasión por el servicio. Su pregunta fundamental, trascendental diríamos, fue siempre la de “qué tengo que hacer”, mediación histórica del “buscar siempre la voluntad de Dios y cumplirla”, tan típicamente ignaciana. Su pregunta en el hacer cotidiano, categorial diríamos, para no desviarse ni desvirtuar lo que tenía que hacer, era también la de san Ignacio: “a dónde voy y a qué”. Y la esencia de ese hacer fue, por último, servir, esencial también al ideal ignaciano de “en todo amar y servir”.

En mi opinión, ahí está lo fundamental de su vida y de su vocación como jesuita, pero más hondamente todavía como humano: saberse llamado a un servicio, poner todas sus cualidades –y yo añadiría, incluso sus defectos- para llevarlo a cabo de la mejor manera posible y mantenerse fiel a ello hasta el final. Sin ninguna retórica y dicho con rigor, su vida fue una vida des-centrada, un servicio a favor de otros, y, cada vez más, un servicio también desde los otros, tanto porque esos otros daban sentido a su vida como porque lo iluminaban sobre3 cómo servir.

Y no sólo dedicó su vida a servir, sino que a lo largo de toda ella fue preguntándose qué significaba en concreto ese servicio al que se sabía llamado, y paulatinamente llegó a comprenderlo no como cualquier servicio, sino como un servicio específico: bajar de la cruz al pueblo crucificado.

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Ellacuría no fue sensiblero en absoluto, pero su vida estuvo transida de misericordia, entendida ésta de forma muy concreta: (a) como (re) acción, no pues formalmente como puro sentimiento, (b) hacia el sufrimiento de las víctimas sobre todo históricas, (c) benéfica para éstas y liberadora en contra de sus victimarios, (d) historizada según fuese la víctima y su sufrimiento, y € todo ello por el mero hecho de que existe el tal sufrimiento. Esa misericordia, como acabamos de decir, debe ser historizada, y Ellacuría la historizó fundamentalmente en forma de justicia, tanto por la masividad del herido en el camino –pueblos enteros, millones de seres humanos, “deshechos y piltrafas”, como él decía- como porque la razón de las heridas está en la injusticia, en la injusticia estructural sobre todo.

En lo que queremos insistir, sin embargo, es en que el origen de todo ello no está ni en un descarnado imperativo categórico ni en el atractivo estético de poner en práctica una teoría de la justicia. El origen está en que a Ellacuría se le removieron las entrañas al ver a todo un pueblo postrado, oprimido, engañado, burlado – en el lenguaje vigoroso que solía usar. Ante eso reaccionó, no se quedó en el puro lamento y nunca pactó con ese dolor, a lo que tiende hoy, aun cuando se hiciese con buena conciencia, el postmodernismo por aquello de que hay que aceptar el fragmento, o el neoliberalismo por aquello de que no hay otra solución.

En ese sentido, y por esa razón quisiera decir desde el principio que Ellacuría fue y permaneció hasta el final un radical. El sufrimiento de las víctimas tenía profundas raíces, y esas raíces, no cualquier cosa, es lo que tenía que ser erradicado y sustituido por otras que produjesen vida y fraternidad. Por ello y hasta el final de sus días se reveló contra algo que está hoy muy vigente y que se puede llamar “la geocultura de la desesperanza y la teología de la inevitabilidad”. Y así, en su último discurso en Barcelona, el 6 de noviembre de 1989, verdadero testamento, dijo las siguientes palabras:
“Desde esta perspectiva universal y solidaria de la mayoría populares, el problema de un nuevo proyecto histórico que se va apuntando desde la negación profética y desde la afirmación utópica apunta hacia un proceso de cambio revolucionario, consiste en revertir el signo principal que configura la civilización mundial”.

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Por responder a su sentido innato de rectitud y quizás también a su temperamento luchador y retador, la justicia le obsesionó a Ellacuría. No se trataba para él sólo de eliminar o aliviar la pobreza, sino de cambiar realmente un mundo antagónico, dividido entre empobrecidos y empobrecedores, entre víctimas y verdugos, un mundo que expresa el mayor fracaso de lo humano, la propia autodestrucción de la familia humana, y el mayor fracaso del Dios creador. Por ello, no en vano ni a la ligera formulaba la realidad de los pobres como la de “pueblos crucificados”, para expresar con ello que se trataba de pueblos enteros que mueren, pero que, además, son dados muerte injustamente por otros seres humanos.

Teniendo ante los ojos a este mundo real, Ellacuría apoyó toda acción buena que aliviase el sufrimiento humano, por supuesto, pero el dolor y la muerte de millones de víctimas a manos de unos pocos lo movió a privilegiar no cualquier acción, aunque fuese buena, sino la misericordia y el amor específicos que se dirigen a las mayorías en cuanto oprimidas, es decir, la justicia. Este amor eficaz a las mayorías y no un espíritu elitista o de superioridad –las grandes cosas que quería hacer y relacionarse cuando era necesario con los que están arriba en la historia- es lo que dirigió la elección de lo que tenía que hacer.

Así, la primacía que daba a la justicia lo llevó a propiciar el tipo de praxis que tuviese mayor incidencia en las estructuras. Apoyaba también obras y actividades en contacto inmediato con los pobres, pero de entre ellas privilegiaba las que tuviesen un potencial de incidencia importante para las mayorías –de ahí su admiración y apoyo, además del cariño, a Rutilio Grande y al equipo de Aguilares. Y ése fue su modo personal de historizar las conocidas palabras de san Ignacio, “el bien, cuanto más universal, es más divino”.



… y Obdulio cuida las rosas de nuestra liberación
(P. Casaldáliga)

El 15 de abril, domingo de Resurrección, llegué a San Salvador. Casi 13 años que no regresaba al país.

Al día siguiente, Lunes de Pascua, corrí temprano a ver la tumba de mis hermanos de la UCA.

Bajo un gran cuadro de Monseñor Romero, en la capilla erigida a su memoria por ellos, los nombres de los seis en relieve metálico.

Apenas rocé con las yemas de mis manos uno a uno, me santigué como hacen nuestros campesinos, y, como ellos, los dedos terminaron en mis labios. ¿Podían estar allí Lolo, Amando, Ellacu, Montes, Pardito, Nacho?

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Vi y palpé luego las huellas inequívocas de aquella noche dramática. Allá junto a la cerca un campesino hacía de hortelano… embebido con su cuma, parecía despreocupado de nuestra presencia.

-Es Obdulio, esposo de Elba y padre de Celina, -nos indican. Ha plantado unos rosales donde les asesinaron… -¡Vengan y vean! El lugar donde sembraron los cuerpos acribillados que diera la vuelta al mundo horrorizado por la foto, la tierra que regaron con su sangre Obdulio la transformó en un pequeño jardín.

Aquel Lunes de Pascua empezaba a florecer. Al sol tierno mañanero, con rocío aún, los rosales a punto de reventar los primeros capullos furiosamente rojos.

Las rosas se multiplicaron. Cundió la cosecha que allí floreció y ha seguido abundando. Tanta y tan variada que nos pareció oportuno recoger un manojo para ofrecerlo, en su aniversario, a ellos, a ustedes, a todos los que quieran apostar en proseguir su camino de Testigos de verdad.

La tarea, por más entrañable, no resultó nada fácil. Tal ha sido la floración universal de testimonios que se tornó en aluvión tropical que nos desbordó. Sueño imposible para mí querer atrapar en papel tanta vida como ha seguido generando su muerte.

Será, de mi parte, un torpe remedo de las rosas que Obdulio cuida con primor. Me he visto precisado a elegir y espigar apresuradamente, casi al azar.

Mi Labor ha sido rústica: ¡señalar, podar, enlazar!... mejores jardineros vendrán! Una nube de testigos –ustedes entre ellos- aportaron su verdad. Los mártires y los que ellos crearon me han prestado los mejores instrumentos:

Proceso, ese vigía semanal que pone el dedo en las heridas de este pueblo.

Carta a las iglesias: quincenal testimonio de vida y esperanza contra toda esperanza.

ECA: mensual voz ilustrada de aquéllos que hoy siguen hablando desde sus cátedras-fosas.

Revista Latinoamericana de Teología, que al tornar cada estación del año avizora el paso de Dios por los clamores de estos pueblos sedientos de un samaritano que los levante del suelo o los baje de la cruz.

Ellos fueron testigos de verdad y lo han seguido siendo por medio de ustedes, algunos de cuyos testimonios se recogen aquí. Ojalá que al azar este ramo a su memoria, empuñemos su bandera, besemos su causa que es su cruz… y prosigamos.

Y eso pretendería este libro, si tal se quiere llamar. Muchos bien poca novedad hallarán y hasta la forma la encontrarán muy informal. Así es. Más parecido a un centón que se puede deshojar en cualquier página. Más que lineal, su progreso es circular y envolvente, como rueda que gira sobre un eje y que sólo avanza si hace pie en el camino por andar. Se parece a esta terca realidad que día a día vive el pobre pueblo; gracias también a los lectores que, primero Dios como repite el pueblo, quieran ser testigos de verdad.

Si en algo sirve, a Dios gracias y a este pueblo de tantos Obdulios, Elbas, Celinas… -el verdadero El Salvador,- que juntos cuidan las rosas de nuestra liberación.



Ignacio Ellacuría
Por Román Mayorga

La primera vez que conversé largamente con Ignacio Ellacuría o Ellacu, como le llamábamos sus amigos, fue a mediados de 1970, cuando el BID aprobó el préstamo para realizar el primer plan de desarrollo de la UCA. La Junta de Directores de la Universidad le había designado para preparar el discurso que diría el representante de la institución en la ceremonia de firma del contrato de préstamo. Como yo había participado activamente en las gestiones ante el Banco, me pidió sugerencias para el documento que debía preparar, creo que instancias de la propia Junta. Le expuse algunas ideas sobre la posibilidad que se abría, con los recursos obtenidos, de hacer una universidad nueva en Centroamérica, una universidad que se pusiera toda ella al servicio del cambio social pero universitariamente; es decir, a través de las funciones específicas de esa institución. Él me dijo que esas ideas coincidían con las que venía elaborando desde un ángulo teológico, y que procuraría reflejar todo ello en una exposición breve. Me mostró un borrador, y juntos lo retocamos.
Acompañé al P. Gondra a Washington y él leyó el discurso magistralmente, haciéndole algunas adaptaciones verbales adecuadas al momento. Felipe Herrera, el presidente del BID, lo elogió ante la plana mayor del Banco diciendo que había preparado “un macizo ensayo”. Gondra no cabía en sí de complacencia y derrochaba simpatía como en los mejores momentos en que quería ser simpático. (Hizo tan buena impresión que, posteriormente, le ofrecieron un trabajo en el BID). Cuando le conté esto a Ellacu, peló ampliamente los dientes, como hacía en las ocasiones en que se reía con ganas y bautizó a la primera de nuestras colaboraciones como “nuestro discurso dicho por Gondra”. Habría de ser el comienzo de una amistad que duró hasta el final de su vida; y hasta más, como luego explicaré.
Desde principios de 1971, que entré a trabajar a tiempo completo a la UCA, hasta octubre de 1979, que renuncié para formar parte del gobierno del país, vi a Ellacuría casi todos los días por períodos prolongados, con excepción de sus ausencias del país porque se iba a trabajar en España con el destacado filósofo Xavier Zubiri. Colaboramos juntos y con otras personas del núcleo básico de la UCA en innumerables trabajos, desde pequeños proyectos reinvestigación y libros conjuntos hasta tareas de mayor envergadura institucional como la organización y el segundo plan de desarrollo de la universidad.
Ellacuría fue el director de ECA desde 1976 y había que verlo en las sesiones de preparación de la revista. Era un caudal de ideas y desplegaba allí con toda amplitud sus virtudes de creatividad sin fronteras y entrega a la producción intelectual. Proponía temas, escribía editoriales, preparaba artículos propios, solicitaba colaboraciones, inventaba nuevas secciones, comentaba los trabajos y nos estimulaba a todos para que produjéramos siempre más y mejor. Creo francamente que ECA llegó a ser la mejor revista intelectual de Centroamérica y de muchos otros lugares, una fuente obligada de referencia e investigación para cualquiera que se interese por conocer o comprender a la región centroamericana en los últimos veinte años. Ellacu pensaba que la materia más importante que había que estudiar en la Universidad era la de “realidad nacional” y posteriormente la instituyó como cátedra en los años ochenta, siendo ya rector de la Universidad. Yo creo que Ellacu hizo de ECA una cátedra escrita de la realidad centroamericana. Insistía en estudiar los datos factuales de esa realidad, pero también creía en el poder de las ideas para transformar y conformar realidades, y siempre andaba a la caza de ese tipo de ideas para publicarlas en ECA.

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Pocos días antes de morir Ellacu estuvo en España y se vio con Luis de Sebastián, quien próximamente iba a reunirse conmigo. Le pidió que me diera un libro en el que había escrito su firma con esta sencilla dedicatoria: “Para Román, tan presente en este libro y en esta universidad”. Después del asesinato, Sebas me dio el libro personalmente, sin haberme contado antes de nada y diciéndome entonces: “Te entrego este regalo póstumo de Ellacuría”. Abrí las pastas, leí despacio la dedicatoria, observé que el libro comenzaba con “Nuestro discurso dicho por Gondra”, continuaba con líneas que juntos habíamos escrito o concebido y terminaba con páginas selectas de la maravillosa obra que él continuó cuando yo tuve que marcharme de la Universidad. Me acuerdo bastante del lado lacónicamente afectuoso de mi amigo Ignacio Ellacuría. Cómo no iba a recordarme si conozco dos regalos póstumos suyos, una foto a Ingrid y un libro para mí.



Carta a Ignacio Ellacuría


Por Jon Sobrino


Si me pidieran decir en breves palabras cómo recuerdo yo a Ignacio Ellacuría, el hombre y el cristiano, sólo puedo repetir lo que escribí en forma de carta en el primer aniversario de su muerte.

Querido Ellacu:
Desde hace años he pensado qué diría yo en la misa de tu martirio. Como en el caso de Monseñor Romero, nunca quise aceptar que eso llegara a ocurrir, pero tu muerte era bien verosímil, y la idea me ha dado vueltas a la cabeza muchas veces. Y éstas son las dos cosas que más me han impresionado de ti.
La primera es que tu inteligencia y tu creatividad me impactaron, evidentemente, y sin embargo siempre pensé que no era eso lo más específico tuyo. Para ti mismo fueron muy importantes, es cierto, pero no orientaste tu vida para convertirte en famoso intelectual ni prestigiado rector. Dicho con un ejemplo, recuerdo que en un exilio de España escribiste un manuscrito que te hubiera hecho famoso en el mundo de los filósofos, y sin embargo no le diste mayor importancia ni lo terminaste cuando viniste a El Salvador porque siempre tenías otras cosas más importantes que hacer: desde ayudar a resolver algún problema nacional hasta atender a los problemas personales de alguien que te pedía ayuda. La conclusión para mí es muy clara: más importante que el cultivo de tu inteligencia y el reconocimiento que esto te podría acarrear era para ti el servicio.
Pero, ¿a qué y por qué servir? Serviste en la UCA, pero no últimamente a la UCA. Serviste en la Iglesia, pero no últimamente a la Iglesia. Serviste en la Compañía de Jesús, pero no últimamente a la Compañía de Jesús. Cuanto más llegué a conocerte, más llegué a la convicción de que serviste a los pobres de este país y de todo el Tercer Mundo, y de que este servicio es lo que dio ultimidad a tu vida.
Eras discípulo fiel de Zubiri, filósofo y teólogo de la liberación, teórico de movimiento políticos populares, pero no peleabas por esas teorías como si fuesen un “dogma”. Más bien, cambiabas tus puntos de vista –tú, inflexible-, y cuando lo hacías, una sola cosa era lo que te hacía cambiar: la tragedia de los pobres. Por eso pienso que si algún “dogma” inamovible tuviste, éste fue sólo uno “el dolor de los pueblos crucificados”.
Y eso me llevó a la conclusión de que ante todo y por encima de todo eras un hombre de compasión y de misericordia, de que lo último dentro de ti, tus entrañas y tu corazón, se removieron ante el inmenso dolor de este pueblo. Eso es lo que nunca te dejó en paz. Eso es lo que puso a funcionar tu creatividad y tu servicio. Tu vida no fue, pues, sólo servicio, sino el servicio específico de “bajar de la cruz a los pueblos crucificados”, palabras muy tuyas, de ésas que no se inventan sólo con mucha inteligencia, sino con una inteligencia movida por la misericordia.
Esta es la primera cosa que quería mencionar. La segunda cosa tuya que recuerdo –y ésta es más personal- es tu fe en Dios. Y me voy a explicar. Tu contacto con los filósofos modernos –increyentes la mayoría de ellos, con la excepción de tu querido Xavier Zubiri-, el ambiente de secularización y hasta muerte de Dios que predominaba en la época en la que alcanzaste tu madurez intelectual, tu propia inteligencia crítica y honrada, nada propicia a credulidades, y la gran pregunta por Dios Que es en sí misma la injusta pobreza latinoamericana, nada de ello hace fácil la fe en Dios. Recuerdo un día, en 1969, en que me dijiste algo que no he olvidado: que tu gran maestro Karl Rahner llevaba con mucha elegancia sus propias dudas con lo cual venías a decir que tampoco para ti la fe era algo obvio, sino una victoria.
Y, sin embargo, estoy convencido de que eras un gran creyente, y a mí, ciertamente, me comunicaste fe. Lo hiciste un día, en 1983, cuando al regreso de tu segundo exilio en España nos hablaste en una misa del “Padre Celestial”, y yo pensé para mis adentros que si Ellacuría, el cerebral, el crítico, el intelectualmente honrado, usaba esas palabras no era por puro sentimentalismo. Si hablabas del Padre Celestial es porque creías en él. Me comunicaste fe, muchas otras veces, al hablar y escribir sobre Monseñor Romero y su Dios, al hablar con sencillez de la religiosidad de los pobres, y me la comunicaste con tu modo de hablar y de escribir sobre Jesús de Nazaret. En tus escritor expresabas tu fe de que en Jesús se ha revelado lo que verdaderamente somos los seres humanos. Pero en ellos expresas también, agradecidamente, tu fe de que en Jesús se mostró ese “más” que nos rodea a todos, ese misterio último y esa utopía que todo lo atrae hacia sí. No sé cuanto luchaste con Dios, como Jacob, como Job y como Jesús, pero creo que Dios te venció y que el Padre de Jesús orientó lo más profundo de tu vida.
Ellacu, esto es lo que nos has dejado, al menos a mí. Tus capacidades excepcionales pueden deslumbrar y tus limitaciones y defectos pueden ofuscar. Creo, Ellacu, que ni lo uno me ha deslumbrado ni lo otro ha oscurecido lo que para mí es fundamental que me has dejado: que nada hay más esencial que el ejercicio de la misericordia ante un pueblo crucificado y que nada hay más humano y humanizante que la fe.
Estas cosas son las que me han venido a la cabeza estos años. Hoy, a un año de tu martirio, las digo con dolor y con gozo, pero sobre todo con agradecimiento. Gracias, Ellacu, por tu misericordia y por tu fe.

Jon

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